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Full text of "Casa de muñeca : drama en tres actos"

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.fonso Hernández Cata 



Caricatura de TOVAR 



nrique IBSEN Casa de muñeca 
j suicidio de Lucerite Jacinto BEN AVENTE 



50 céntimos. 



I 



M 



COMEDIAS 

REVISTA SEMANAL 

director: gerente: 

ANDRÉS GUILMAIN BENJAMÍN S. HERRERO 



Oficinas: Rodríguez San Pedro, 57 © MADRID © Apartado 8.036 



Precios de suscripción —España y América: Trimestre, 6 
pesetas; semestre, 12; año, 24. — Extranjero: Semestre, 15 pese- 
tas; año, 28. 
Los suscriptores recibirán sin aumento de precio cuantos números 

extraordinarios se publiquen. 



I 



EDITORIAL SIGLO XX 

RODRÍGUEZ SAN PEDRO, 57 MADRID APARTADO 8.036 

ib ¿h ¿h 

OBRAS PUBLICADAS 

Pesetas 



Pedro Mata: Una ligereza 5,00 

Eduardo Zamacois: Las dos 2,50 

Alberto Insúa: Mi tía Manolita 5,00 

Antonio de Hoyos y Víroent: El sortilegio de 

la carne joven 5,00 

Paul Morand: La Europa galante 5,00 

Alberto Insúa: Una historia francamente in- 
moral 2,50 

Antonio de Hoyos y Vinent: Los ladrones 

y el amor 2,50 

Emilio Carrere: El más espantoso amor 2,50 

José Francés: Su Majestad 2,50 

Alvaro Retana: El paraíso del diablo 5,00 

PRÓXIMAS A APARECER 

Paul Morand: Lewis e Irene. 

Pedro de Répide: La abominable virtud. 

Talleres Poligráfieos. S A., Ferraz, 72, Madrid 









1 

! 



ENRIQUE IB SEN 



Casa de Muñeca 



DRAMA EN TRES ACTOS 



PERSONAJES 



HELMER, abogado. ¿b IYAR ) 

hij 
EMMY 



NORA, su esposa. 
EL DOCTOR RANK. 
CRISTINA LINDE. 



BOB > hijos de Helmer. 



ANA MARÍA, niñera. 
ELENA, sirvienta. 



CROGSTAD, procurador. ty MANDADERO. 
La acción se desarrolla en casa de Helmer, en Noruega. 

ACTO PRIMERO 



Habitación amueblada con buen gusto y confortablemente, 
pero sin lujo. A la izquierda del foro, puerta del recibi- 
miento ; a la derecha, la puerta del despacho de Helmer. 
Entre estas puertas, un piano. A la derecha, una puerta, y 
en primer término, una ventana. Cerca de la ventana, mesa 
redonda, sillón y sofá. A la izquierda, en primer término, 
chimenea ante la cual hay algunos sillones y una mece- 
dora ; un poco más atrás, una puerta. Entre la chimenea 
y la puerta, una mesita. Grabados en las paredes. Ana- 
quel adornado con figuritas de porcelana y otros objetos 
de arte. Estantería pequeña, llena de libros ricamente en- 
cuadernados. El suelo está alfombrado. La chimenea há- 
llase encendida. Es un día de fnvierno. 

Suena una campanilla en el recibimiento. Poco después se 
abre la puerta. Entra Nora tarareando alborozadamente, con 
sombrero y abrigo. Lleva algunos paquetes, que coloca en la 
mesa de la izquierda. Deja abierta la puerta del recibimiento, 



en el 

y i 

Nora. 



que se ve un. mandadero que trae un árbol de'Navida 
tiñ cesto, que entrega a la criada que abre la puerta. 



Mand. 
Nora. 



Helm. 

Nora. 
Helm. 
Nora. 
Helm. 

Nora. 



Helm. 



Nora. 



Helm. 

Nora. 



Helm. 

Nora. 
Helm. 



Nora. 
Helm. 
Nora. 



Bel 

¡ÍüK 

Ha 



Nof 



Esconde el árbol de Navidad, Elena. No convien 
que los niños lo vean antes de la noche, antes de qul 
esté adornado. (Al mandadero, sacando el portamo í 
nedas.) ¿Cuánto es? 
Cincuenta céntimos. 

Ahí va una corona. Está bien. Para usted la vuelta! 
[El mandadero saluda y vase. Nora cierra la puerta^ 
Continúa sonriendo alegremente mientras se despoje 
del sombrero y el abrigo. Saca del bolsillo un cucu p 
rucho de almendras garapiñadas, come dos o tres 
anda de puntillas y escucha a la puerta del despache 
de su marido.) ¡ Ah ! ¡jistá en el despacho ! 
(Desde el despacho.) ¿Es mi alondra la. que gorjea 
Sí. 

¿Es mi ardilla la que se mueve? 
Sí. 

¿Cuándo ha vuelto la ardilla? 

Ahora mismo. (Se guarda el cucurucho en el bolsi 
¡lo, se limpia la boca y dice.) Ven, Torvaldo; ven a 
mirar lo que he comprado. 

No me distraigas. (Poco después abre la puerta y, 
pluma en mano, echa una ojeada por la habitación. | 
¿Comprado? ¿Todo esto? ¿El estornino chiquitín ha 
encontrado otra vez manera de gastar dinero? 
Sí, Torvaldo. Este año podemos gastar más. Es la 
primera Navidad en que no tenemos que econo- 
mizar. 

Sí... ; pero tampoco debemos ser pródigos. 
Sí, Torvaldo ; un poco, nada más que un poco. Aho- 
ra recibirás un sueldo crecido y ganarás mucho, 
mucho dinero. 

Sí, desde Año Nuevo. Pero ha de transcurrir un tri- 
mestre todavía antes de que yo cobre nada. 
¿Qué importa? Podemos pedir prestado. 
¡ Nora ! (Se acerca a ella y bromeando la tira de la 
oreja.) ¡ Siempre tan ligera ! Supon que pido presta- 
das mil coronas, que las srasías en las fiestas de Na- 



vidad, que en vísperas de Año Nuevo me cae una 

teja en la cabeza y que... 

(Tapándole la boca. ) ¡ Cállate ! ¡ No hables así ! 

Figúrate que ocurre esto. Y entonces, ¿qué? 

Si sucediera esto, igual me daría Jtener deudas que no. 



He 



Helm. 

NoRA. 

Helm. 



iSORA. 
PÍELM. 



Nora. 
Helm. 



Nora. 

Helm. 

Nora. 



Helm. 

Nora. 

Helm. 

Nora. 
Helm. 
Nora. 
Helm. 
Nora. 

Helm. 

Nora. 



Helm. 



¿V los que me hubiesen prestado dinero? 
¿Esos? ¿Quien piensa en ellos? Son extraños. 
Nora, Nora ; verdaderamente eres una mujer. Ha- 
blando en serio, Nora, ya conoces mis ideas : ni deu- 
das, ni prestamos. En tocia casa fundada sobre deu- 
das y préstamos hay una especie de esclavitud, algo 
vergonzoso. Hasta ahora hemos sabido arreglarnos 
y continuaremos igual durante el poco tiempo de 
prueba que nos falta. 

(Aproximándose a la chimenea.) Está bien. Como 
quieras, Torvaldo. 

(Siguiéndola.) ¡Vaya! ¡Vaya! La alondra no debe 
arrastrar el ala por eso. ¿ Eh ? ¿ No se mueve ya la 
ardilla? (Abre su cartera.) Nora, ¿qué crees que 
tengo aquí? 

(Volviéndose rápidamente. ) ¡Dinero! 
Toma. (Le da algunos billetes de banco. ) Ya com- 
prendo que por Navidad hay muchos gastos que ha- 
cer en una casa. 

(Contando.) Diez, veinte, treinta, cuarenta. Gracias, 
Torvaldo. Ya verás para cuánto tiempo tengo. 
Así lo espero. 

Puedes estar seguro de que no tendrás queja de mí. 
Pero ven. Quiero enseñarte todo* lo que he com- 
prado, y todo baratito. Mira : un traje nuevo y un 
sable para Ivar, un caballo y una trompeta para Bob 
y una muñeca con su cama para Emmy. Todo muy 
ordinario, porque en seguida lo rompe. Delantales 
y cortes para las criadas. La buena Ana María se 
merece algo más. 
Y este paquete, ¿qué es? 

(Gritando. ) No. Torvaldo, no lo puedes ver hasta la 
noche. 

Bien, bien. Pero díme, derrochadora : y a ti, ¿qué 
te gustaría? 

Ya sabes que no me preocupo nunca de mí. 
Ya lo sé. Pero díme algo razonable que te guste. 
No sé, realmente. O mira, oye, Torvaldo... 
A ver... 

(Jugando con los botones de su traje, sin mirarle.) 
Si quisieras darme algo podrías..., podrías... 
i A ver ! 

(De pronto.) ¡Podrías darme dinero, Torvaldo! 
¡ Oh ! Una pequeña cantidad, lo que puedas, y uno 
ele estos días me compraré algo con él. 
Pero, Nora... 



Nora. ¿Verdad que si? ¿Me lo darás, querido Torvaldo? 
Te lo suplico. Colgaré el dinero en el árbol, en un 
sobre dorado precioso. ¡ Será muy divertido ! 

Helm. ¿Cómo se llama el ave que derrocha siempre sin mi- 
ramiento alguno? 

Nora. Sí, sí ; el estornino. Ya lo sé. Pero haz lo que te 
digo, Torvaldo. Esto me dará tiempo para pensar 
en algo más útil. ¿No es razonable? 

Helm. (Sonriendo.) Si supieras emplear el dinero que te 
doy y realmente comprar algo... ; pero desaparece 
en la casa y en mil naderías, y después tengo que 
darte más... 

Nora. Pero, Torvaldo... 

Helm. Es evidente, mi querida Nora. (La abraza.) El es- 
tornino es gentil ; pero necesita demasiado dinero. 
¡ Parece increíble lo que le cuesta a un hombre tener 
un estornino ! 

Nora. Pero ¿ por qué dices eso ? ¡ Ahorro lo que puedo ! 

Helm. Sí, tienes razón. Lo que puedes ; pero no puedes 
nada. 

Nora. (Tarareando y riendo alegremente.) ¡ Si supieras, 
Torvaldo, cuántos gastos tenemos nosotras las alon- 
dras y los estorninos ! 

Helm. Eres una personila muy original. Igual que tu pa- 
dre. Tienes mil recursos para procurarte dinero ; 
pero en seguida que lo tienes se te escurre por en- 
tre los dedos. Nunca sabes en qué lo gastas. En fin, 
hay que tomarte como eres. Lo tienes en la masa 
de la sangre. Sí, Nora ; eso es hereditario. 

Nora. ¡ Ya quisiera yo haber heredado muchas cualidades 
de papá ! 

Helm. Y yo te quiero tal como eres, alondra querida. Pero, 
oye, se me ocurre una idea : tienes hoy un aspecto, 
¿cómo decirlo?, un aspecto algo extraño. 

Nora. ¿ Yo ? 

Helm. Sí, tú. ¡Mírame a los ojos ! (Nora le mira.) ¿La go- 
losita no hizo hoy ninguna escapada? 

Nora. No. ¿Por qué me lo dices? 

Helm. ¿La golosita no ha entrado de veras en ninguna 
confitería? 

Nora. No. Te lo aseguro, Torvaldo. 

Helm. ¿No se ha comido ni un poco de confitura? 

Nora. No. 

Helm. ¿Ni una almendra? 

Nora. No, Torvaldo. Te aseguro que no. 



Helm. ¡ Bueno ! ¡ Bueno ! Era broma. 

Nora. (Acercándose a la mesa de la izquierda. ) No se me 
ocurriría hacer nada que te disgustara. Puedes es- 
tar seguro. 

Helm. Sí. Va lo sé. Me has dado palabra. ( Acercándose a 
Nora.) Guarda tú sola los misterios de Nochebuena, 
Nora querida. Cuando se encienda el árbol se des- 
cubrirán. 

Nora. ¿Te has acordado de invitar a comer al doctor Rank? 

Helm. No ; pero es inútil. Cae de su peso. Además, le in- 
vitaré ahora cuando venga. He encargado buenos 
vinos Nora,- no puedes imaginarte qué alegría me 
da esta noche. 

Nora. A mí también. ¡ Y qué contentos estarán los chicos ! 

Helm. ¡ Qué satisfacción dá pensar que se ha llegado a una 
situación estable, asegurada, que uno está bien pro- 
visto de todo! ¿No es verdad? Da alegría sólo el 
pensarla 

Nora. Sí, es cierto. 

Helm. ¿Te acuerdas de la Navidad pasada? Tres semanas 
antes te encerrabas todas las veladas, hasta media 
noche, para hacer flores para el árbol de Navidad 
y para prepararnos sorpresas. ¡ Oh ! ¡ Es la época 
más aburrida que recuerdo ! 

Nora. Yo no me aburría. 

Helm. (Sonriendo. ) Pero el resultado fué realmente de- 
sastroso, Nora. 

Nora. ¡ Bueno ! ¿Vas a burlarte todavía? ¿Qué culpa tengo 
si el gato entró y lo destruyó todo? 

Helm. No, Nora. No fué culpa tuya. Con la mejor volun- 
tad del mundo querías ayudarnos, y esto es lo .esen- 
cial. Sin embargo, ya era hora de que pasara el mal 
tiempo. 

Nora. Sí, no me sé dar cuenta todavía. 

Helm. Ahora no me aburriré solo y tú no necesitarás ator- 
mentar tus ojos queridos ni tus lindas manitas. 

Nora. (Aplaudiendo.) ¿Ya no, Torvaldo? ¿Verdad? ¡Dios 
mío ! ¡ Qué alegría ! Ahora voy a decirte cómo pien- 
so que nos arreglemos, pasadas las Navidades. (Sue- 
na el timbre.) Llaman. (Arregla los sillones del sa- 
lón. ) Alguien viene. ¡ Qué fastidio ! 

Helm. Si es visita, recuerda que no estoy para nadie. 

Criad. (En la puerta de entrada.) Señora, una señora pre- 
gunta por usted... 

Nora. Que entre. 

Criad. (A Helmer.) El doctor ha llegado también. 



Helm. ¿Ha pasado a mi despacho? 

Criad. Sí, señor. (Helmer entra en su despacito, La criada 
hace entrar a la señora Linde, que viene en traje de 
viaje, y después liérra la puerta.) 

Linde. (Tímidamente, con vacilación. ) Buenos días, Nora. 

Nora. (indecisa. ) Buenos días. 

Linde. ¿No me recuerdas?... 

Nora. Ln efecto...,' no sé... ; sí..., me parece... (De 
pronto.) ¡Cristina ! ¿Eres tú? 

Linde. Si, soy yo. 

Nora. j Cristina ! ¡ Y yo que no te reconocía ! Pero ¿cómo 
era posible? (En voz más baja.) ¡Cuánto has cam- 
biado, Cristina ! 

Linde. Es verdad. Hace nueve..., diez años largos. 

Nora. ¿Realmente hace tanto tiempo que no nos hemos 
visto? Sí, sí; eso es. ¡Si supieras qué feliz fui en 
estos últimos años ! ¿ Y ahora estás aquí ? ¿ Hiciste 
un viaje tan largo en pleno invierno H . Eres atrevida. 

Linde. Llegué en el vapor esta mañana. 

Nora. ¿Para pasar las Navidades, naturalmente? ¡Qué 
alegría ! ¡ Cuánto vamos a divertirnos ! ¡ Quítate el 
abrigo! No tienes frío, ¿verdad? (La ayuda.) Aho- 
ra vamos a sentarnos cómodamente ante la chime- 
nea. No, siéntate en este sillón. Yo me siento en la 
mecedora ; es costumbre. (La coge las manos.) Aho- 
ra sí te recuerdo bien; en el primer momento, no... 
Estás un poco más pálida, Cristina, y un poco más 
delgada también. 

Linde. Y mucho más vieja, Nora. 

Nora. No, un poco, muy poco, tal vez sí ; pero mucho, no. 
(Se calla de pronto y luego dice con seriedad.) 
Pero ¡qué loca soy! Con tanto charlar... ¡Querida 
Cristina, perdóname ! 
¿Qué quieres decir, Nora? 
(Con cariño.) Pobre Cristina; eres viuda. 
Sí, hace tres años. 

Lo sé. Lo he leído en los periódicos. Cristina, pue- 
des creerme. Muchas veces pensé en escribirte en- 
tonces ; pero siempre aplazaba la carta de un día 
para otro y siempre venía algo a impedirlo. 
Me hago cargo perfectamente. 



No, Cristina, hice muy mal. Pobre amiga, ¡ 

debes haber sufrido! ¿No te dejó para vivir? 

No. 

¿Hijos? 

Tampoco. 



cuanto 



Nora. 
Linde. 

Nora. 

Linde. 

Nora. 



Linde. 

Nora. 



Linde. 
Nora. 
Linde. 

Nora. 



Linde. 
Nora. 
Linde. 
Nora. 



Linde. 
Nora. 



Nada entonces. 

Ni siquiera una tristeza en el corazón, uno de esos 
sentimientos que pueden llenar una vida. 
(Mirándola con incredulidad.) Pero, Cristina, ¿có- 
mo es posible? 

(Sonriendo amar gañiente y acariciándole el cabe- 
llo.) Así ocurre a veces, Nora. 

\ Sola en el mundo ! ¡ Cuánto debes sufrir ! Yo tengo 
tres niños monísimos. Ahora no puedes verles. Sa- 
lieron con la niñera. Cuéntamelo todo. 
Después. Empieza tú. 

No, tú primero. Hoy no quiero ser egoísta, no quie- 
ro pensar mas que en ti. Hay algo, sin embargo, 
que quiero decirte. ¿Sabes la gran suerte que he- 
mos tenido estos días? 
No- ¿cuál? 

Han nombrado a mi marido director del Banco. 
¿A tu marido? ¡Qué suerte! 

¿Verdad? Es triste ser abogado, sobre todo cuando 
no se quieren aceptar mas que causas buenas y jus- 
tas. Y éste era, naturalmente, el caso de Torvaldo, 
en lo cual le apruebo por completo. Ya ves si somos 
dichosos. En primero de año debe ocupar el cargo. 
Tendrá un gran sueldo y muchas ventajas más. En- 
tonces podremos vivir como queramos, no como 
ahora. ; Cristina, qué dichosa soy y qué tranquila 
me encuentro ! Es delicioso tener mucho dinero y 
no preocuparse por nada. ¿No es verdad? 
Sí. En todo caso, debe ser agradable tener lo nece- 
sario. 

No, no sólo lo necesario, sino mucho, mucho di- 
nero. 

(Sonriendo.) Nora, Nora, ¿aun no eres razonable? 
En el colegio eras muy derrochadora. 
(Sonriendo afectuosamente.) Torvaldo dice que lo 
soy aún. (Amenazando con el dedo. ) Nora, Nora 
no es tan loca como vosotros creéis. Hasta ahora no 
tiene gran cosa que derrochar. Tuvimos que traba- 
jar los dos. 
¿Tú también? 

Sí, en cosas pequeñas : labores, crochet, bordados, 
etcétera. (Cambiando de tono.) Y en algo más. Sa- 
bes que Torvaldo dejó el ministerio cuando nos casa- 
mos. No tenía esperanzas de aumento de sueldo en 
la oficina y necesitaba ganar más que antes. El pri- 
mer año tuvo un trabajo abrumador. Tenía que bus- 



car labores extraordinarias y trabajar desde por la 
mañana hasta por la noche. Esto fué superior a sus 
fuerzas y cayó gravemente enfermo. Entonces los 
médicos dijeron que tenía que ir al Mediodía. 

Linde. Es verdad. Estuvisteis un año en Italia. 

Nora. Sí, y no fué fácil decidirse, como puedes suponer. 
Tvar acababa de nacer. Pero era necesario. Fué pro- 
digiosamente hermoso el viaje. Salvó la vida a Tor- 
valdo ; pero ¡ cuánto dinero costó, Cristina ! 

Linde. Ya me lo figuro. 

Nora. ¡ Mil doscientos escudos ! ¡ Cuatro mil ochocientas 
coronas ! Eso sí que es dinero 1 . 

Linde. Sí, v en estos casos es gran suerte el tenerlo. 

Nora. Voy a decírtelo : fué papá quien nos lo dio. 

Linde. Sí ; precisamente fué en la época en que murió tu 
padre, si mal no recuerdo' 

Nora. Sí, Cristina ; en la misma época. Y figúrate que no 
pude asistirle. Esperaba de un día para otro el na- 
cimiento' de Ivar, y mi pobre Torvaldo, muriéndose, 
necesitaba de mis cuidados. ¡ Qué bueno era papá ! 
I No volví a verle ! Es lo más doloroso que he teni- 
do que ¡sufrir desde que estoy casada. 

Linde. Ya sé que le querías mucho. ¿De modo que os fuis- 
teis a Italia? 

Nora. Sí ; teníamos dinero y los médicos no>s metían prisa. 
Nos marchamos un mes después. 

Linde. ¿Y tu marido regresó completamente curado? 

Nora. Se encontraba perfectamente, sí. 

Linde. ¿Y ese médico? 

Nora. ¿Qué quieres' decir? 

Linde. Recuerdo que la criada ha anunciado a un doctor, 
haciéndole, entrar al mismo tiempo que a mí. 

Nora. Sí, el doctor Rank. No viene como médico. Es nues- 
tro mejor amigo ; viene a vernos' por lo menos una 
vez al día. No ; Torvaldo después no tuvo ni una 
indisposición. Los niños también están buenos y sa- 
nos, y yo< igual. (Se levanta de un salto y aplaude.) 
¡ Dios mío ! ¡ Dios mío ! ¡ Cristina ! ¡ Qué delicioso 
es vivir y ser feliz ! Pero esto es vergonzoso... No 
hablo mas que de mí. (Se sienta en un taburete al 
lado de Cristina y se apoya en sus rodillas.) No lo 
tomas a mal, ¿verdad? Di : ¿es verdad que no ama- 
bas a tu mando? ¿Por qué te casaste entonces? 

Linde. Mi madre vivía aún, enferma y sin sostén. Además, 
tenía que mantener a mis dos hermanos pequeños. 
No me creí con derecho a rechazar su oferta. 

8 



Nora. No, no. Tengo la seguridad de que tuviste razón. 
¿Era rico en aquella época? 

Linde. Estaba en posición desahogada. Pero era una for- 
tuna inestable. A su muerte todo se hundió. No se 
salvó nada. 

Nora. ¿Y entonces...? 

Linde. Tuve que emprender un negocito, una escuela que 
dirigía yo. ¡ Qué sé yo ! Los tres últimos años no 
fueron para mí mas que un solo día de trabajo 
muy largo. Ahora ya no, Nora. Mi pobre madre no 
neoesita ya de mí : se fué. Los niños, tampoco. Ya 
saben ganarse la vida. 

Nora. ¡ Qué tranquila debes estar ! 

Linde. No, Nora : ahora siento un vacío insoportable. ¡ No 
tener nadie a quien consagrarme S (Se levanta con 
inquietud.) Por eso no pude permanecer más tiem- 
po allá, en aquel país aislado. Aquí debe ser más 
fácil abstraerse en una ocupación, distraer el pen- 
samiento. ¡ Si tuviese la suerte de encontrar coloca- 
ción en alguna oficina... ! 

Nora. ¿Piensas en eso? ¡Es aburrido! Y, además, necesi- 
tas descansar. Debes irte a una playa. 

Linde. No tengo papá que me pague el viaje. 

Nora. (Levantándose.) No te enfades conmigo. 

Linde. Eres tú, querida Nora, la que no debes enfadarte 
conmigo. Lo peor que sucede en una situación como 
la mía es que el carácter ,se agria. No tenemos a na- 
die por quien trabajar, y, sin embargo, tenemos 
que defendernos de todos, porque es preciso vivir. 
Y nos convertimos en egoístas. ¿Qué quieres que 
te diga? Cuando me hablaste de la buena marcha 
de vuestros asuntos me alegré más por mi que por ti. 

Nora. ¿Cómo? ¡Ah, sí!... Comprendo). Pensaste que Tor- 
valdo podría serte útil. 

Linde. Sí, lo pensé. 

Nora. Lo será, Cristina. Voy a preparar el terreno delica- 
damente, a pensar en algo que predisponga a Tor- 
valdo en tu favor. ¡ Oh ! ¡ Tengo tantos deseos de 
servirte... ! 

Linde. Eres muy buena, Nora, demostrando tanto empeño. 
Tanto más buena cuanto que apenas conoces las mi- 
serias y los pesares de la vida. 

Nora. ¿Yo? ¿Lo crees? 

Linde. (Sonriendo.) Sí ; ya me figuro : labores y bagatelas 
por el estilo. Eres una niña, Nora. 



(Moviendo la cabeza y atravesando la escena.) No 
hables tan ligeramente. 
¿De veras? 

Piensas como los demás. Crees que no sirvo para 
nada serio. 
¡ Vaya, vaya ! 

Que no tengo la menor idea del lado doloroso de la 
vida. 

Pero, querida Nora, si acabas de contarme todas 
las dificultades que has tenido... 

¡Bah!... ¡Bagatelas!... (En voz naja.) No te he 
contado lo principal. 
¿Qué quieres decir? 

Me tratas con superioridad, Cristina, y no debes 
hacerlo. Estás orgullosa por haber trabajado tanto 
y tanto tiempo por tu madre. 

A nadie trato con superioridad. Pero tienes razón al 
decir que estoy contenta y orgullosa al pensar que, 
gracias a mi, los últimos días de mi madre fueron 
tranquilos. 

¿Y estás orgullosa también por lo que hiciste por 
tus hermanos? 

Me parece que tengo derecho a estarlo. 
Es lo que pienso yo. Ahora voy a contarte una cosa, 
Cristina. También, yo tengo un motivo de alegría 
y de orgullo. 

No lo dudo. Pero ¿cómo lo juzgas tú misma? 
Habla más bajo. ¡Si Torvaldo nos oyera...! Por 
nada en el mundo quisiera que... Nadie debe saberlo, 
nadie en el mundo, a excepción de ti, Cristina. 
Pero ¿<jué es? 

Ven más cerca. (Atrayéndola a su lado en el sofá.) 
Sí... Oye... También puedo estar orgullosa y con- 
tenta de mí. Yo salvé la vida de Torvaldo. 

Linde. ¿ Salvado ? . . . ¿ Cómo salvado ? 

Nora. Te he hablado ya de nuestro viaje a Italia, ¿ver- 
dad? Torvaldo hubiera muerto si no hubiera podido 
ir al Mediodía. 

Linde. Sí ; tu padre os dio el dinero necesario. 

Nora. Sí ; eso creen Torvaldo y todo <el mundo ; pero... 

Linde. Pero... 

Nora. Papá no nos dio un céntimo. Yo busqué el dinero. 

Linde. ¿ Tú ? . . . ¿ Una cantidad tan grande . . . ? 

Nora. Mil doscientos escudos, cuatro mil ochocientas co- 
ronas. Y ahora ¿qué dices? 

Linde. Pero ¡Nora! ¿Cómo pudiste...? ¿Te tocó algún 



Nora. 

Linde. 
Nora. 

Linde. 
Nora. 

Linde. 

Nora. 

Linde. 

Nora. 



Linde. 



Nora. 

Linde. 

Nora. 



Linde. 
Nora. 



Linde. 

Nora. 



premio a la lotería? 



i® 






Nora. 

Linde. 
Nora. 

Linde. 
Nora. 
Linde. 

Nora. 



Linde. 

Nora. 






Linde. 
Nora. 
Linde. 

Nora. 

Linde. 

Nora, 



Linde. 

Nora. 



(Con desprecio,) ¿A la lotería? (Con desdén.) ¿Qué 
mérito hubiera tenido? 
Pues ¿dónde lo encontraste? 

(Sonriendo maliciosamente y cantando.) \ Ah ! ¡ Tra 
la rá ! 

No pudiste pedirlo prestado. 
¿Por qué? 

Porque una mujer casada no puede pedir dinero sin 
consentimiento de su esposo. 

(Moviendo la cabeza.) ¡ Bah ! Si se trata de una 
mujer algo práctica..., una mujer que sepa desen- 
volverse fácilmente . . . 
Nora, no comprendo ni una palabra. 
No necesitas comprender. No He dicho que pidiera 
prestado ese dinero. Me lo he pedido procurar de 
otro modo. (Se echa en el sofá.) Pude haberlo reci- 
bido de un adorador..., ¿no? Con mis atractivos... 
¡ Qué loca eres ! 

Confiesa que estás intrigadísima. 

Supongo, Nora, que no habrás cometido ninguna 
locura. 

(Incorporándose.) ¿Es locura salvar la vida al ma- 
rido? 

Lo que puede ser una locura es que a sus espaldas... 
4 Pero si precisamente él no podía saberlo ! ¿ No lo 
comprendes? No debía conocer la gravedad de su 
estado. A mí me vinieron a decir los médicos que su 
vida peligraba, que sólo una temporada en el Medio- 
día podía salvane. ¿Crees que no me costó trabajo 
engañarle? Le ponderaba lo feliz que sería viajando 
por el extranjeroi como otras mujeres jóvenes • llora- 
ba, suplicaba, le decía que debía considerar el esta- 
do en que me hallaba y satisfacer mi deseo. Por. fin, 
le insinué que debía pedir dinero prestado. Pero 
entonces, Cristina, estuvo a punto de enfadarse muy 
seriamente. Me dijo que era una aturdida y que su 
deber de marido era no doblegarse a mis fantasías' 
y a mi capricho. «Bueno, bueno, pensaba yo, cues- 
te lo que cueste, le he de salvar la vida.» Entonces 
se me ocurrió una idea. 

¿Y tu marido no supo por tu padre que el dinero no 
era suyo.? 

Nunca. Papá murió pocos días después. Había pen- 
sado . revelárselo todo, rogándole que no me ven- 
diera ; pero estaba tan enfermo. . . Desgraciadamen- 
te, no tuve tiempo de intentarlo. 

ii 



Linde. Y después, ¿nunca se lo confesaste a tu manVfo? 

Nora. ¡ No, Dios mío ! ¡ Ni pensarlo ! ¡ A él, que es tan se- 
vero en este plinto ! Y, además, a Torvaldo; con su 
amor propio de hombre, le hubiera sido muv doloro- 
so, i Qué humillación para él saber que me debía 
algo ! Se hubieran enfriado nuestras relaciones ; 
nuestro hogar, tan agradable, tan dichoso, no sería 
lo que es. 

Linde. ; Nunca se lo dirás? 

Nora. (Reflexionando y sonriendo.) Sí... Con el tiempo, 
acaso... Dentro de muchos, de muchos años, cuando 
no sea tan bonita como ahora. ¡ No te rías ! Quiero 
decir : cuando Torvaldo no me ame tanto, cuando 
no goce tanto viéndome bailar, disfrazarme v decla- 
mar para él. Entonces, quizá convenga tener aleo a 
que recurrir. (Interrumpiéndose. ) ¡ Bah ! No llega- 
rá nunca ese día. Y ahora, Cristina, ¿qué te parece 
mi gran secreto? También he sido útil para algo. 
Puedes creerme si te digo que este asunto me pro- 
porcionó muchos disgustos... No me ha sido fácil, 
dicho sea en honor de la verdad, pagar en fecha fija. 
En los negocios hav una cosa que se llama el tri- 
mestre y otra que se llama la amortización, y. todo 
esto es terriblemente difícil de arreglar. He tenido 
que economizar un poco de cada cosa. En el hogar 
poco pude conseguir : era necesario que Torvaldo 
viviese cómodamente. Los niños tampoco podían ir 
mal vestidos. Todo cuanto recibía para ellos me 
parecía justo emplearlo en ellos. ; Angelitos míos ! 

Linde. ¡ Tuviste que quitártelo de tus gastos personales, 
pobre Nora ! 

Nora. Naturalmente. Además, era lo mas equitativo. Cada 
vez que Torvaldo me daba dinero para alfileres gas- 
taba sólo la mitad : compraba siempre lo más ba- 
rato. Afortunadamente todo me sienta bien, y así 
Torvaldo no ha advertido nada. Sin embargo, a ve- 
ces me duele, Cristina. ¡ Es tan agradable ir ele- 
fante... ! ¿Verdad? " 

Linde. Ya lo creo. 

Nora. Tengo otros ingresos. El invierno pasado tuve la 
suerte de encontrar mucho trabajo de copia. Enton- 
ces me encerraba y escribía hasta hora muy avanza- 
da de 'la noche. A veces me encontraba muy cansa- 
da ! ¡ Muy cansada ! A veces me parecía que era un 
hombre. 

Linde. ¿Cuánto has podido pagar así? 

Nora. No puedo decírtelo exactamente. Es muy difícil en- 

12 



Linde. 
Nora. 



Linde. 

Nora. 



Linde. 

Nora. 

Criad. 

Nora. 
Criad. 

Krog. 
Linde. 

Nora. 



Krog. 



Nora. 
Krog. 

Nora, 



tenderse en esta clase de negocios. Sólo sé que pa- 
gué cuanto pude. A veces no' sabía qué idear. (Son- 
riendo. ) y me figuraba que un anciano muy rico se 
enamoraba de mí... 
¿Cómo? ¿Qué anciano? 

¡ Tontenas ! Que moría y que al abrir su testamen- 
to se leía en glandes letras : «Todo mi dinero es 
para la encantadora Nora Helmer y le será entrega- 
do en el acto.» 

Pero, querida Nora, ¿quién es ese señor? 
Pero ¿no lo comprendes? El viejo no existe mas que 
en mi imaginación. Era lo único que se me ocurría 
cada vez que no encCxitraba medio de procurarme 
dinero. Por lo demás, ahora ya me es indiferente. 
El viejo bonachón puede vivir cuanto le parezca. Ya 
no me preocupo de él, ni de su testamento, porque 
ahora ya estoy tranquila. (Se levanta vivamente. ) 
¡ Oh ! Dios mío, ¡ qué alegría da pensarlo ! ¡ Cristi- 
na, tranquila ! ¡ Vivir tranquila, tranquila del todo, 
jugar con los niños, arreglar la casa bien, con gus- 
to, como Torvaldo quiere tenerla ! Después vendrá 
la primavera : el hermoso cielo azul. Tal vez poda- 
mos viajar un poco. ¡ Volver a ver el mar ! ¡ Oh ! 
¡ Qué hermoso es vivir y ser feliz ! (llaman. ) 
(Levantándose.) Llaman. ¿Debo irme? 
No, quédate. No vendrá nadie. Seguramente pre- 
guntarán por Tbrvaldo... 

Perdón, señora... Hay un caballero que desea hablar 
al señor abogado... 
Al señor director, querrás decir... 
Al señor director, sí. Pero, como el doctor está con 
él..., no' me he atrevido... 
(Presentándose. ) Soy yo, señora. 
(Se estremece, se turba y se vuelve hacia la ven- 
tana. ) 

(Da un paso hacia él y turbada dice en voz baja.) 
¿Usted? ¿Qué pasa? ¿Qué quiere usted decir a mi 
marido? 

Quiero hablarle del Banco. Tengo un empleo modes- 
to y he oído decir que su marido va a ser nuestro 
jefe. 

Es verdad. 

Asuntos enojosos, señora, nada más que asuntos 
enojosos. 

Moléstese en entrar en su despacho. (Saluda con 
negligencia al cerrar la puerta del vestíbul®, y des- 
pués se dirige hacia la chimenea^) 

*3 



Linde. Nora, ¿quién es ese hombre? 

Nora. El procurador Krogstad. 

Linde. ¡ Era él ! 

Nora. ¿Le conoces? 

Linde. Le conocí hace muchos años. Fué en aquel tiempo! 
nuestro procurador. 

Nora. Sí, eso es. 

Linde, j Cuánto ha cambiado ! 

Nora. Creo que fué muy desgraciado con la familia. 

Linde. Ahora es viudo. ¿No es verdad? 

Nora. Sí, con un montón de hijos. ¡ Bueno ! Ahora me que- 
mo. (Retira su mecedora. ) 

Linde. Dicen que se ocupa en negocios de toda's clases. 

Nora, ¿De veras? Es posible. No sé nada. Pero no hable- 
mos de negocios. ¡Son tan fastidiosos... ! (Sale el 
doctor Rank, que viene del despacho de HeJmer. ) 

Rank. (Con la puerta entreabierta.) No, no. No quiero 
molestarte. Voy a hablar un rato con tu mujer. 
(Cierra la puerta- y ve a la señora Linde.) ¡Oh! 
¡ Perdón ! También estorbo aquí. 

Nora. Al contrario. (Presentándoles. ) El doctor Rank. La 
señora Linde. 

Rank. Un nombre que se pronuncia con frecuencia en esta 
casa. Creo que la adelanté en la escalera al subir. 

Linde. Sí, subo muy- despacio las escaleras. 

Rank. ¿Cansancio? 

Linde. Más bien agotamiento. 

Rank. ¡Ah, sí? ¿Y para reponerse viene usted a una ciu- 
dad en fiestas? 

Linde. Vine a buscar trabajo. 

Rank. ¿Es remedio eficaz para el agotamiento por can- 
sancio ? 

Linde. Hay que vivir, doctor. 

Rank. Sí, ésa es la opinión general ; parece que es una 
cosa necesaria. 

Nora. ¡ Oh, doctor, estoy segura de que usted mismo de- 
sea vivir ! 

Rank. Mientras pueda, sí. Mísero como soy, quiero sufrir 
el mayor tiempo posible. Todos mis pacientes de- 
sean igual, y piensan igual también los v enfermos 
morales. Precisamente acabo de dejar a uno en el 
despacho de Helmer ; está en cura, porque hay tam- 
bién hospitales para ellos. 

Linde. (En voz baja.) ¡ Ah ! 

Nora. ¿Qué quiere usted decir? 

Rank. Sí ; hablo del procurador Krogstad, un hombre a 
quien ust^d no conoce. Está podrido hasta la me- 

14 



dula de los huesos. Pues bien : también afirma, como 
si se tratara de algo muy importante, que. necesita 
vivir. 

hora. ¿De veras? ¿De qué hablaba con Helmer? 

Rank. Realmente no lo sé. Sólo he oído decir que se trata- 
ba de algo referente al Banco. 

Nora. No sabía que Krog... que el señor Krogstad tuvie- 
ra nada que ver con el Banco. 

Rank. Sí, tiene un pequeño empleo. (Dirigiéndose a la se- 
ñora Linde.) No sé si existe también entre ustedes 
una clase de hombres que se dedica a descubrir ios 
podridos moralmente. Una vez descubiertos los po- 
nerr en observación, procurándoles tal o cual buen 
empleo. Los buenos no tienen que preocuparse más 
que de quedar excluidos. 

Linde. Hay que confesar que los enfermos morales son los 
que más cuidados necesitan. 

•Rank. (Encogiéndose de hombros. ) Sí. Este modo de 
apreciar las cosas convierte la sociedad en hospital. 
(Nora, que estaba preocupada, se echa de pronto 
a reír y se pone a aplaudir, j ¿Por qué se ríe usted? 
¿Sospecha usted acaso lo que es la sociedad? 



Nora. ¿Qué me importa esa sociedad molesta 



de 



. ! (Sacando el cu- 
¿quiere usted al- 

eran contrabando 



otra cosa..., de otra cosa muy divertida. Dígame 
usted, doctor: ¿todos los empleados del Banco de- 
penderán en lo sucesivo de mi marido? 

Rank. ¿Y eso la regocija tanto? 

■Nora. (Sonriendo y tarareando.) No haga caso. (Se pasea 
por la habitación.) Sí, es tan divertido, tan increí- 
ble que nosotros..., ¡que Torvaldo tenga ahora tan- 
ta influencia y sobre tanta gente.. 
curucho de almendras.) Doctor, 
mendras? 

Rank. ¡Cómo! ¿Almendras? Creí que 
aquí. 

Nora. Sí, pero éstas me las ha ciado Cristina. 

Linde. ¿Yo? 

Nora. ¡ Vaya ! ¡ Vaya ! ¡ No te apures ! Tú no podías sa- 
ber que Torvaldo me lo había prohibido. ¿Sabes 
por qué? Teme que se me estropeen les dientes. Pero 
por una vez no importa. ¿No es verdad, doctor? 
Tome usted. (Le mete una almendra en la boca.) Y 
tú también, Cristina. Yo comeré una muy chiquiti- 
ta, o, a lo sumo, dos. (Vuelve a pasearse por la ha- 
bitación.) Soy extraordinariamente feliz. Sólo hay 
una cosa en el mundo que me inspira vivísimo 
deseo... 



*5 



Rank. Veamos qué es. 

Nora. Es algo que me gustaría mucho decir delante de 
Torvaldo. 

Rank. ¿Y por qué no lo dice? 

Nora. No me atrevo. Es muy feo. 

Linde. ¿Muy feo? 

Rank. En efecto, en ese caso, vale más abstenerse ; pero a 
nosotros usted podría... ¿Qué tiene usted tantas ga- 
nas de decir delante de Helmer? 

Nora. Tengo unos deseos locos de decir : ¡ Recristo ! 

Rank. ¡ Qué loca es usted ! 

Linde. Pero, Nora... 

Rank. Pues ya puede usted decírselo : ahí está. 

Nora. (Escondiendo las almendras.) ¡ Psit ! ¡Psit! ¡Psit.! 
(Helmer llega de su despacho con el abrigo al brazo 
y el sombrero en la mano. Yendo a su encuentro. ) 
¿Qué, querido Torvaldo, te has librado por fin? 

Helm. Sí, acaba ele marcharse. 

Nora. Voy a presentarte. Es Cristina-, que ha venido a la 
ciudad. 

Helm. ¿Cristina?... Perdone usted... si de momento no re- 
cuerdo... 

Nora. La señora Linde, querido, la señora Cristina Linde. 

Helm. ¡ Ah i ¡Muy bien! ¿Amiga de la infancia de mi 
mujer? 

Linde, bí, nos conocimos en otro tiempo. 

Nora. Y calcula que ha hecho este viaje tan largo para ha- 
blarme. 

Helm. ¿Cómo? 

Linde. No sólo para... 

Nora. Mira, Cristina vale mucho para trabajar en una ofi- 
cina, y, además, arde en deseos de estar a las órdenes 
de un hombre superior y de adquirir aún más expe- 
riencia. 

Helm. Eso es muy razonable, señora. 

Nora. Y cuando supo que habías sido elegido director del 
Banco (lo anuncio un telegrama) se puso en seguida 
en camino. ¿Me complacerás, Torvaldo?... ¿Verdad 
que sí? Para dar gusto a tu mujercita, ¿harás algo 
por Cristina? ¿Eh? 

Helm. Es fácil. ¿La señora es viuda? 

Linde. Sí. 

Helm. ¿Y tiene usted hábito del trabajo de oficina? 

Linde. Sí, bastante. 

Helm. Entonces es muy probable que pueda procurarle 
ocupación... 



Nora. ( Aplaudiendo. ) ¡Ya ves! 

Helm. Ha llegado usted en buen momento, señora. 

Linde. ¿Cómo agradecérselo?... 

Helm. ¡ Bah ! No hablemos más del asunto. (Se pone el 
abrigo.) Pero hoy tendrá que perdonarme... 

Rank. Espere; le acompaño. (Va a buscar la piel para el 
cuello en el vestíbulo y vuelve a calentarla en la 
chimenea. ) 

Nora. No te entretengas mucho, Torvaldo. 

Helm. Una hora a lo sumo. 

Nora. ¿Te vas también, Cristina? 

Linde (Poniéndose el abrigo.) Necesito buscar aloja- 
miento... 

Helm. Podemos ir juntos un rato. 

Nora (Ayudándola.) Es lástima que estemos tan estre- 
chos... Nos es realmente imposible... 

Linde ¿Quién piensa? Hasta la vista, querida Nora, y gra- 
cias. 

Nora Hasta la vista. Esta noche volverás, ¿eh? Y usted 
también, doctor. ¿Cómo? ¿Que si se encuentra 
bien? ¿Cómo se entiende? ¡Abrigúese bien! (Se 
van hablando por la puerta principal. Se oyen voces 
de niños en la escalera.) \ Aquí están ! ¡ Aquí están ! 
(Corre para abrir. Entra Ana María con los niños.) 
¡ Entrad ! ¡ Entrad ! (Se inclina y los besa. ) ¡ Hiji- 
tos míos ! ¡Mira, Cristina! Son muy guapos, ¿ver- 
dad? 

Rank. No se queden ustedes en medio de la corriente del 
aire. (El doctor Rank, Heltner y la señora Linde 
bajan por la escalera. Ana María entra en escena 
con los niños. Nora entra igualmente después de 
haber cerrado la puerta. ) 

Nora. ¡Qué aspecto tan' sano y tan fuerte tenéis! ¡Qué 
mejillas tan encendidas ! Parecen manzanas y ro- 
sas. (Los niños la hablan todos a la vez hasta el fin 
de la escena.) ¿Os habéis divertido mucho? Muy 
bien. ¿De veras? Has llevado el trineo con Emmy 
y Bob. ¡No es posible! ¿Con las dos? ¡ Ah ! Eres 
un hombrecito muy fuerte, Ivar. Déjamela un mo- 
mento, Ana María. ¡ Mi muñequita querida ! (Coge 
a la menor y baila con ella.) Sí, sí; mamá quiere 
bailar también con Bob. ¿Cómo? ¿Habéis hecho 
bolas de nieve? ¡ Ah ! ¡Cuánto me hubiera gustado 
estar allí ! No, iéjame, Ana María. Quiero desnu- 
darla yo misma. ¡ Déjala ! ¡ Es tan divertida... ! Entra 
allá mientras esperas. Parece que estás helada. Tie- 

2 iy 



nes café caliente en la cocina. (La niñera sale por la 
derecha. Nora les quita a los niños los abrigos y los 
sombreros, y va dejándolos esparcidos por ioda la 
habitación. Los niños signen hablando. ) ¡No es 
posible ! ¿ Un, perro muy grande ha corrido detrás 
de vosotros? Pero no mordía. No; los perros no 
muerden a los niños buenos como vosotros. 
Ivar, cuidadito con mirar esos paquetes. No, no ; 
hay una cosa muy fea dentro. ¿Qué? ¿Queréis ju- 
gar? ¿A qué? ¿Al escondite? Sí, juguemos al es- 
condite. Bob se esconderá primero. ¿Yo? Bueno, 
me esconderé yo. (Nora y los niños comienzan a 
jugar, gritando y riendo en escena y en el cuarto de 
al lado. Por último, Nora se esconde debajo de la 
mesa. Los niños llegan corriendo y la buscan, sin 
encontrarla. Oyen una risa ahogada, se precipitan 
a la- mesa, levantan el tapete y la ven. Gritos de 
alegría. Sale a gatas para asustarles. Nueva explo- 
sión de alegría. Entretanto han llamado a la puerta, 
sin que nadie haya oído. La puerta se entreabre y 
aparece Krogsiad. Espera un momento. El juego 
continúa. ) 

Perdone usted, señora Helmer... 

(Grita y se incorpora, poniéndose de rodillas.) ¿Qué 
quiere usted? 

La puerta estaba entornada. Alguien ha debido ol- 
vidarse de cerrarla. 

(Levantándose. ) Mi marido no está en casa, Krogs- 
tad. 
Lo sé. 

Entonces, ¿qué quiere usted? 
Hablar dos palabras con usted. 

¿Conmigo? (En voz baja, a los niños.) Id con Ana 
María. ¿Qué?... No, este señor no quiere hacer 
daño a mamá. Cuando se vaya volveremos a jugar. 
(Lleva a los niños al vestíbulo de la derecha y cie- 
rra la puerta después. Inquieta, agitada.) ¿Quiere 
usted hablarme? 
Sí. 

¿Hoy? Pero hoy no es primero de mes... 
Estamos en vísperas de Navidad. De usted depende 
que la Navidad sea para usted alegre o triste^ 
¿Qué desea usted? Hoy me será realmente impo- 
sible... 
Hasta n"evo aviso, no hablaremos más de eso. Se 

18 






trata de otra cosa. ¿Puede usted escucharme un 
momento? 

.Nora. Sí..., sí..., a menos que... 

Krog. Bien. Estaba sentado en el restaurant Olsen y he 
visto pasar a su esposo... 

Nora. ¡ Ah i 

Krog. ... con una señora. 

Nora. ¿Y qué? 

Krog. ¿Acaba de llegar a. la ciudad? 

Nora. Sí, hoy. 

Krog. ¿Es amiga suya? 

Nora. Sí... ; pero no comprendo... 

Krog. También yo la conocí en otro tiempo. 

Nora. Lo sé. 

Krog. ¿De veras? ¿Lo sabe usted? Ya me lo figuraba. 
Permítame usted que la pregunte si la señora Linde 
va a ser colocada en el Banco. 

Nora. ¿Cómo se atreve usted a preguntarme, señor Krogs- 
tad? ¿Usted que es el subordinado de mi marido? 
Pero, ya que me pregunta, voy a contestarle. Sí ; la 
señor? Linde será colocada en el Banco. Y lo será 
por mí, Krogstad. Ya lo sabe usted. 

Krog. No me había equivocado. 

Nora. (Paseándose por la habitación. ) Se tiene influencia^ 
cosa muy natural... Aunque sea mujer, puedo... 
Cuando se ocupa una posición inferior se ha de pro- 
curar, Krogstad, no molestar a quien... 

Krog. Tiene influencia. 

Nora. Eso es. 

Krog. (Cambiando de tono.) Señora Helmer, ¿tendría us- 
ted la amabilidad de utilizar su influencia en mi 
favor ? 

Nora. ¿Cómo? ¿Qué significa eso? 

Krog. ¿Quiere usted hacer que no salga del Banco? 

Nora. ¿Qué dice usted? j Quién piensa en destituirle? 

Krog. Es inútil fingir ignorancia. Comprendo muy bien que 
a su amiga no le guste encontrarme, y ahora sé 
por qué me han dado la cesantía. 

Nora. Pero yo le aseguro... 

Krog. Dos palabras : aun es tiempo. Le aconsejo que use 
usted toda su influencia para impedirlo. 

Nora. Pero, señor Krogstad, si no tengo influencia al- 
• guna... 

Krog. ¿Cómo? Hace poco decía usted que... 

Nora. No me refería a esto. ¿Cómo puede usted creer que 
tenga semejante poder sobre mi marido? 



Krog. ¡ Bah ! Conozco a su marido desde que fuimos con- 
discípulos. No creo que el señor director del Banco 
tenga más energía que otros maridos. 

Nora. Si habla usted con desdén de mi marido le echo de 
casa. 

Krog. La señora es muy valiente. 

Nora. No le temo. Pasado Año Nuevo tardaré poco en ver- 
me libre de usted. 

Krog. (Dominándose. ) Oiga, señora: si es necesario, com- 
batiré para conservar mi empleo como si fuese cues- 
tión de vida o muerte. 

Nora. Sí, eso parece. 

Krog. No es por el sueldo. Eso poco me importa. Hay algo 
más ; en fin, se lo voy a contar todo. Usted sabía, 
naturalmente, como todo el mundo, que cometí una 
imprudencia hace muchos años. 

Nora. Me parece haber oído hablar de ello. 

Krog. El asunto no se llevó a los tribunales. Pero por de 
pronto se me cerraron todos los caminos. Entonces 
comencé a trabajar en el negocio que usted conoce ; 
había que encontrar algo, y puedo decir que no fui 
peor que los demás. Ahora quiero dejarlo. Mis hijos 
crecen. Por ellos debo adquirir la mejor reputación 
posible. El empleo en el Banco era para mí el pri- 
mer escalón. Y su marido quiere hacerme caer de 
nuevo en el barro. 

Nora. Pero, por Dios, Krogstad, no está en mí el poderle 
ayudar. 

Krog. Le falta voluntad, pero tengo medios para obligarla. 

Nora. Supongo que no irá usted a decir a mi marido que 
le debo dinero. 

Krog. ¿Y si lo hiciese? 

Nora. Sería vergonzoso por su parte. (Casi llorando.) Ese 
secreto, que es mi orgullo y mi alegría, lo sabría de 
un modo tan villano... por usted. Me daría usted 
una serie de disgustos domésticos... 

Krog. ¿No tendría usted mas que disgustos? 

Nora. (Vivamente.) Y si no, pruébelo. Usted será el que 
sufrirá más. Mi marido verá entonces qué clase de 
hombre es usted, y puede uster tener la seguridad 
de que perderá su empleo. 

Krog. Acabo de preguntarle si no son mas que disgustos 
domésticos los que usted teme... 

Nora. Si mi marido lo sabe querrá pagar en el acto, y en- 
tonces nos veremos libres de usted. 

Krog. (Dando un paso hacia ella.) Escuche usted, st- 

20 



ted, señora Helmer : o usted no tiene memoria o no 
sabe usted nada de negocios. Necesito enterarla. 

Nora. ¿Cómo? 

Krog. En la época de la enfermedad de su marido usted 
vino a pedirme mil doscientos escudos. 

Nora. No conocía a nadie más. 

Krog. Prometí encontrar la cantidad. 

Nora. Y la encontró usted. 

Krog. Prometí proporcionarle el dinero con ciertas condi- 
ciones. Pero estaba usted entonces tan preocupada 
con la enfermedad de su marido y tan apurada por 
tener el dinero del viaje, que no se fijó usted en los 
detalles. Por eso no estará de más recordárselos. 
Sí. Prometí encontrar el dinero garantizado por un 
recibo que redacté. 

Nora. Y que yo firmé. 

Krog. Sí, pero más abajo de su firma añadí algunas líneas 
por las cuales su padre daba su garantía. Estas lí- 
neas debía firmarlas él. 
¿Dice usted que debía? Las firmó. 
Había puesto la fecha en blanco. Esto quería decir 
que su padre debía poner la fecha de la firma. ¿Re- 
cuerda usted? 

Nora. Sí ; creo, en efecto, que... 

Krog. Entonces le envié el recibo para <~<ue usted lo remi- 
tiera por correo a su padre. ¿Pasó así, sí o no? 

Nora. Sí. 

Krog. Y, naturalmente, usted lo hizo en seguida. Porque 
cinco o seis días después me devolvía usted la letra 
con la firma de su padre. Y entonces le entregué el 
dinero. 

Nora. Sí. Pero ¿acaso no he hecho yo mis pagos oon re- 
gularidad? 

Krog. Casi siempre. Pero, volviendo a lo que decíamos' an- 
tes... Debía usted estar muy apurada en aquel tiem- 
po, señora. 

Nora. Sí, es verdad. 

Krog. Su padre estaba- muy grave. 

Nora. Moribundo. 

Krog. ¿Murió poco después? 

Nora. Sí. 

Krog. Diga usted, señora Helmer: ¿se acuerda por casua- 
lidad de la fecha de la muerte ele su padre? 

Nora. Papá murió el 29 de septiembre. 

Krog. Es verdad. Me informé después. Por eso no me ex- 
plico (Saca un papel del bolsillo.) cierta particula- 
ridad... 



21 



Nora. 
Krog, 






Nora. 



Krog. 

Nora. 
Krog. 

Nora. 



Krog. 

Nora. 

Krog. 
Nora. 



Krog. 



Nora. 

Krog. 
Nora. 
Krog. 

Nora. 



¿Qué particularidad? No sé... 

Lo que hay de particular, señora, es que su padre 
firmó el recibo tres días después 1 de muerto. (Nora 
se calla.) ¿Puede usted explicármelo? (Nora sigue 
silenciosa.) Es evidente también que las palabras de! 
octubre y el año no son de letra de su padre, sino de 
una letra que creo conocer. En fin : esto puede expli- 
carse. Su padre podía haberse olvidado de fechar la 
firma y alguien pudo haberlo hecho sin saber aún 
que había muerto. No hay gran perjuicio en ello. Lo 
esencial es la firma. ¿Está usted segura de que es 
auténtica, señora Helmer? ¿Fué su padre quien 
firmó? 

(Después de una pausa breve, levanta la cabeza y 
le mira con aire provocativo.) No, no fué él. Fui yo 
quien escribió el nombre de papá. 
¿ Sabe usted, señora, que es una confesión peli- 
grosa ? 

¿Por qué? Dentro de poco tendrá usted su dinero. 
Una pregunta. ¿Por qué no envió usted el docu- 
mento a su padre? 

Era imposible. ¡Papá estaba tan enfermo.;. ! Al pe- 
dirle la firma hubiera tenido que explicarle para qué 
quería el dinero. Pero en el estado de gravedad en 
que se hallaba no podía decirle que la vida de mi 
marido estaba amenazada. Era imposible. 
En ese caso, valía más renunciar al viaje. 
Imposible. Aquel viaje debía salvar la vida de mi 
esposo. No podía renunciar a él. 
Pero ¿no comprendió usted que me engañaba? 
No podía fijarme en eso. ¡ Qué me importaba usted ! 
Además, me era usted insoportable por la frialdad 
con que razonaba usted sabiendo que mi esposo es- 
taba en peligro. 

Señora Helmer, evidentemente usted no tiene idea 
de la falta que ha cometido. Sólo puedo decirla que 
el acto que causó la pérdida de toda mi situación so- 
cial no era más criminal que éste. 
¿Usted? ¿Va usted _a hacerme creer que arriesgó 
algo para salvar la -vida a su mujer? 
Las leyes no se preocupan de las causas. 
Pues son las leyes malas. 

Malas o no'..., si enseño este papel a la justicia, con 
arreglo a esas leyes será usted juzgada. 
No le creo. ¿Una hija no puede evitar a su padre 
moribundo inquietudes y angustias? ¿No tiene una 
mujer el derecho de salvar la vida a su marido? No 

22 



m 



conozco a fondo las leyes, pero estoy segura de que 
ha de estar escrito en alguna parte que están permi- 
tidas estas cosas. ¿Y usted, que es abogado, no 
lo sabe? Me parece usted, poco hábil como hombre 
de ley, señor Krogstad. 

Krog. Tal vez. Pero me concederá usted que por lo menos 
entienda en asuntos como el que estamos tratando. 
Ahora haga lo que guste. Lo único que puedo decir- 
le es que si me echan -por segunda vez, usted me 
hará compañía. (Saluda y vase.) 

ÍNora. (Reflexiona un poco; después mueve la cabeza.) 
¡ Bah ! j Me ha querido asustar ! Pero no soy tan 
tonta. (Se pone a recoger los trajes de los niños, 
pero se detiene de pronto.) Pero... ¡No! ¡Impo- 
sible ! ¡ Si yo lo he hecho por amor ! 

Niños. (Por la puerta de la derecha.) Mamá, ¿se ha idf> 
ese señor? 

Nora. \ Sí ! ¡ Sí ! ¡ Ya lo sé ! Pero no habléis a nadie de ese 
señor. ¿Me oís? Ni a papá. 

Niños. No, mamá. ¿Quieres jugar ahora? 

Nora. No, no. Ahora, no. 

Niños. Pero, mamá, si nos lo habías prometido. 

Nora. No puedo. Idos. Tengo muchas cosas que hacer. 
Dejadme, pequeñitos. (Los empuja suavemente y 
cierra la puerta. Se sienta en el sofá, coge un bor- 
deado, da algunos punios, pero en seguida se inte- 
rrumpe.) No. (Arroja el bordado, se levanta, va a la 
puerta de entrada y llama.) Elena, tráeme el árbol. 
(Se acerca a la mesa de la izquierda y abre un ca- 
jón. ) ¡No! ¡Es de todo punto imposible! 

Criad. (Trayendo el árbol de Navidad.) ¿Dónde debo co- 
locarlo? 

Nora. Allí, en medio de la habitación. 

Criad. ¿Quiere algo más la señora? 

Nora. Gracias. Nada. (Sale la criada después de haber de- 
jado el árbol. Preparando el árbol de Navidad.) Aquí 
hacen falta luces... y aquí flores... ¡Canalla! ¡Qué 
tonterías ! No, no significa nada. El árbol de Navidad 
será hermoso. Voy a hacer lo que quieras, Torval- 
do ; bailaré por ti, cantar... (Helmer entra con un 
rollo de papeles debajo del brazo.) ¿Cómo? ¿Ya 
has vuelto? 

Helm. Sí. ¿Vino alguien? 

Nora. ¿Aquí? No. 

Helm. Es raro.- He visto a Krogstad saliendo de casa. 

2 3 



Nora. ¡ Ah ! Es verdad. Krogstad vino un momento. 
Helm. Lo adivino en tu cara. Vino a pedirte que intercedie- 
ras por él. 
Nora. Sí. 

Helm. Y te ha dicho que lo hicieras como cosa tuya. De- 
bías ocultarme que había venido. ¿No te lo ha pe- 
dido? 

Nora. Sí, Torvaldo, pero... 

Helm. ¡Nora! ¡Nora! ¿Por qué lo has hecho? ¡Hablar 
con ese hombre, prometerle algo, y después mentir- 
me a mí ! 

Nora. ¿Mentir? 

Helm. ¿No me has dicho que no ha venido nadie? (Le 
amenaza con el dedo.) Eso es lo que jamás debe 
hacer mi pajarillo cantor. Un pájaro cantor debe 
tener el pico puro para gorjear bien..., sin dar notas 
falsas. (La coge por la cintura.) ¿No es verdad? 
Sí... Ya lo sabía. (La suelta.) Y ahora, ni una pa- 
labra más sobre este asunto. (Se sienta delante de 
la chimenea. ) ¡ Qué bien se está aquí ! (Hojea sus 
papeles. Nora está entretenida en adornar el árbol. 
Pausa. ) 

Nora. ¡ Torvaldo ! 

Helm. ¿Qué? 

Nora. Me alegra extraordinariamente la idea de ir pasado 
mañana al baile de trajes de los Stenberg. 

Helm. Y yo siento extraordinaria curiosidad por ■ conocer 
la sorpresa que nos preparas. 

Nora. ¡ Qué lástima ! 

Helm. ¿De qué? 

Nora. .No puedo encontrar un traje que valga la pena. To- 
dos son absurdos e insignificantes. 

Helm. ¡ Con lo que nos sale ahora Norita ! 

Nora. (Detrás de la silla, apoyándose en el respaldo.) ¿Es- 
tás muy ocupado? 

Helm. ¡ Oh ! 

Nora. ¿Qué son esos papeles? 

Helm. Asuntos del Banco. 

Nora. ¿Ya? 

Helm:* Me he hecho entregar por los directores salientes 
un poder para cambiar lo que juzgue necesario en 
el personal y en la organización de las oficinas. Voy 
a emplear la semana de Navidad en este trabajo. 
Quiero que todo esté en orden para Año Nuevo. 

Nora. Por eso el pobre Krogstad... 

Helm. ;Eh? 



24 



Nora. (Acariciándole la cabeza.) Si no estuvieras tan ocu- 
pado te pediría un gran favor, Torvaldo. 

Helm. ¿Cuál es? 

Nora. Nadie tiene tanto gusto como tú. ¡ Me agradaría 
tanto quedar bien en el baile de trajes... ! Torvaldo, 
¿no podrías ocuparte de mí y decidir mi traje? 

Helm. ¡ Vaya ! ¡ Vaya ! La caprichosita pide socorro. 

Nora. Sí, Torvaldo, no puedo decidirme sin ti. 

Helm. ¡ Bueno ! j Bueno ! Reflexionemos y encontraremos 
algo. 

Nora. ¡ Ah ! ¡Qué bueno eres! (Vuelve a trabajar en el 
árbol de Navidad. Pausa.) ¡Qué buen efecto hacen 
estas flores! Oye. Díme : ¿es realmente tan terri- 
ble lo que hizo Krogstad ? 

Helm. Ha cometido falsificaciones. ¿Comprendes lo que 
quiero decir? 

Nora. ¿No lo hizo impulsado por la miseria? 

Helm. Sí ; como muchos, obró por ligereza. No soy tan 
cruel que condene sin piedad a un hombre por un 
solo acto. 

Nora. ¿No? ¿No es verdad, Torvaldo? 

Helm. Más de uno pudo redimirse, moralmente, confesando 
su culpa y sufriendo la pena. 

Nora. ¿La pena?... 

Helm. Pero no fué éste el camino elegido por Krogstad. 
Quiso librarse con subterfugios y con astucia. Esta 
es lo que moralmente le perdió. 

Nora. ¿Tú crees que...? 

Helm. Creo que semejante ser, con la conciencia de su 
falta, debe mentir y disimular siempre. Tiene que 
llevar la máscara hasta en su propio hogar. Sí, de- 
lante de su mujer y de sus hijos. Y cuando se piensa 
en los hijos es espantoso. 

Nora. ¿Por qué? 

Helm. Porque semejante atmósfera de mentira lleva el con- 
tagio de principios malsanos a toda la vida de fa- 
milia. Cada vez que los niños respiran absorben 
gérmenes del mal. 

Nora. (Acercándose a él.) ¿Estás seguro? 

Helm. Sí, querida mía. Como abogado, tuve ocasión ele 
comprobarlo muchas veces. Casi todos los seres de- 
pravados precozmente tuvieron madres embusteras. 

Nora. ¿Por qué precisamente madres? 

Helm. Lo más frecuente es que suceda por las madres ; 
pero el padre influye, naturalmente, en el mismo 
sentido. Todos los abogados lo saben. A pesar de 



Nora. 



Helm. 



Nora. 

Ana. 

Nora. 

Ana. 
Nora. 



esto, Krogstad, durante años, ha envenenado a sui 
propios hijos en su atmósfera de mentira y de di« 
simulo. Por eso lt llamo un hombre moralment^ 
perdido. (Tendiéndole los brazos.) Y por eso mi 
gentil Norita debe prometerme no hablar más en su 
favor. Dame tu palabra. ¿Qué te pasa? Dame la 
mano. ¡ Así ! Es cosa resuelta. Te aseguro que mé 
sería imposible trabajar con él. Siento materialmen^ Ai 
te un malestar físico junto a semejantes personas.! 1 ^ 
(Retira la mano y va a colocarse al lado opuesto deí^ 



hace aquí ! ¡ Y yol 



árbol de Navidad.) ¡Qué calor 
que tengo tanto que trabajar ! 

(Levantándose y reuniendo los papeles. ) Necesito 
examinar algo de esto antes - de comer. Y después!^ 
pensaré en tu traje. Tal vez también prepare algo 
para colgar del árbol en un sobre dorado. (Poniendo 
la mano sobre la cabeza de ella.) ¡Oh, mi querido 
pajarillo cantor! (Entra en su despacho. ) 
(En voz baja, después de una pausa. ) ¡ Oh ! ¡ No ! 
¡ Eso no ! Es imposible. Es necesario que sea impo- 
sible. 

(Desde la puerta, de la derecha. ) Los niños quieren?] 
a toda costa venir <t ver a su mamá. 
¡ No ! ¡ No ! ¡ No ! ¡ No les dejes venir aquí ! ¡ Qué- 
date con ellos, Ana María ! 
Sí, señora. 

(Pálida de terror.) ¡Depravar a mis hijos!... ¡En- 
venenar la casa! (Levanta la frente.) ¡No es ver- 
dad ! ¡ Es falso, tan seguro como que existo ! 



uNA. 



Ana, 
Soe 
is. 1 



acto segundo 



La misma decoración. El árbol de Navidad, sin adornos ya, 
se halla en un rincón cerca del piano. El sombrero y el 
abrigo de Nora están echados sobre el sofá. 

Nora, sola, va y viene agitadísima. Al fin se detiene ante el 
sofá y coge el abrigo. 

Nora. (Dejando el abrigo.) -Alguien ha entrado! (Va ha- 
cia la puerta. Escucha.) No. No es nadie. No, no, 



¿Con este mal tiempo? La señora 



no será hoy, día de Navidad ; tampoco será mañana ;.. 
pero tal vez... (Abre la puerta y mira hacia fuera.) 
No, nada en el buzón. Está vacío. ¡ Qué locura 1 Su 
amenaza no era seria. Eso no puede ocurrir. Tengo 
tres hijos. (Ana María, trayendo una gran caja de 
cartón, entra por la puerta de la derecha.) 
Por fin encontré la caja con el traje. 
Está bien. Ponía encima de la mesa. 
(Obedeciendo. ) Me parece que está bastante roto. 
i De buena gana lo rompería en mil pedazos S 
¡ Oh ! ¡ No ! ¡ Eso no ! Puede arreglarse fácilmente 
con um poco de paciencia. 

Nora. Sí ; voy a suplicar a la señora Linde que venga a 
ayudarme. 
¿Salir otra vez 
tendrá írío... Caerá enferma. 

Nora. No sería lo peor que pudiera sucederrne... ¿Cómo 
están los niños? 

ana. Los pobrecitos juegan con los regalos de Navidad ; 
pero... 

Nora. ¿Hablan mucho de mí? 

Ana. Están tan acostumbrados a estar con mamá... 

Nora. Sí, Ana María. Pero, mira, en lo futuro no podré es- 
tar tanto tiempo a su lado. 

Ana. Los niños pequeños se acostumbran a todo. 

Nora. ¿Lo crees? ¿Crees que olvidarían a su mamá si no 
volviera nunca? 

Ana. ¡ Dios nos libre ! ¡ Nunca ! 

Nora. Díme, Ana María : muchas veces me he preguntado 
una cosa. ¿Cómo te atreviste a confiar tu hija a per- 
sonas extrañas? 

Ana. No tenía, más remedio si quería ser nodriza de No- 
rita. 

INora. Sí ; pero ¿qué te decidió? 

Ana. ¡ Se presentaba una colocación tan buena... ! Era una 
suerte para la pobre muchacha que tuvo una des- 
gracia. Porque el canalla no quiso hacer nada 
por mí. 

Nora. La hija te debe haber olvidado. 

Ana. Seguramente, no. Primero me escribió que había he- 
cho su primera comunión y después que se había 
casado. 

Nora. (Abrazándola.) ¡Mi viejecita Ana María, fuiste una 
madre buena para mí mientras fui chiquita ! . 

¿Ana. La pobrecita Nora no tenía más madre que yo. 

Nora. Y si mis pequeños no me tuvieran a mí, bien sé 



Ana. 



Nora. 



Linde. 

Nora. 



Linde. 
Nora. 

Linde. 



Nora. 
Linde. 



Nora. 



Linde. 



que tú... Esto es hablar por hablar. (Abre la caja.) 
Vé con ellos. Yo necesito... Ya verás qué hermosa 
estaré mañana. 

Seguramente no habrá en todo el baile una señora 
tan' guapa como usted. (Vase por la puerta de lea 
derecha. ) 

(Abriendo la caja, pero apartándola en seguida. )í 
¡Si me atreviera a salir... ! ¡Si estuviera segura deji 
que nadie iba a venir... ! ¡ Si supiera que no iba a pa- 
sar .nada en casa entretanto... ! ¡Qué tontería! ¡ No:j 
vendrá nadie ! ¡ Basta de vacilaciones ! ¡ Cepillemos el 
abrigo ! ¡ Los guantes buenos ! ¡ Los guantes boni- 
tos ! ¡ Basta de cavilaciones ! Una, dos, tres, cuatro, 
cinco, seis. ¡ Ah ! ¡Ya están ahí!... (Se dirige a la 
puerta, pero permanece indecisa. La señora Linde 
entra, después de haber dejado el sombrero y el 
abrigo en el vestíbulo.) ¡ Ah ! ¿Eres tú, Cristina? 
¿Vienes sola? ¿Es verdad?... Llegas a tiempo. 
Supe que habías estado en casa preguntando por mí. 
Sí. Pasaba casualmente por allí. Quería rogarte que 
me ayudaras. Sentémonos en el sofá. Verás de qué 
se trata. Mañana habrá baile de trajes en el piso de 
abajo, en casa del cónsul Sitenberg. Torvaldo quiere 
que me disfrace de pescadora napolitana y que baile 
una tarantela que aprendí en Capri. 
¡ Hola ! ¡ Hola ! ¿Vas a dar un verdadero espec- 
táculo ? 

Sí ; Torvaldo lo quiere. Este es el traje. Torvaldo lo 
h^ encargado. Pero está tan estropeado que real- 
mente no sé si... 

Tiene fácil arreglo. Únicamente el adorno está des- 
cosido en algunos sitios. ¡ Pronto ! ¡ Hilo y aguja ! 
¡ Ah ! ¡ Aquí tengo lo que me hace falta ! 
¡ Qué buena eres ! 

(Cosiendo.) ¿De modo que vas a disfrazarte ma- 
ñana, Nora? Bien. Vendré un momento a verte. ¡ Ah ! 
Me había olvidado darte las gracias por la agradable 
velada de ayer. 

(Levantándose y atravesando la escena.) Me parece 
que ayer no estábamos tan bien en el hogar como 
otras veces. Debiste venir antes a la ciudad, Cristina. 
Verdad es que Torvaldo posee el talento de hacer la 
casa agradable. 
Me parece que tú también eres digna hija de tu padre. 

28 



Nora. 

Linde. 
Nora. 

Linde. 

Nora. 

Linde. 

Nora. 
Linde. 

Nora. 



Linde. 



Nora. 
Linde. 

Nora. 
Linde. 
Nora. 
Linde. 
Nora. 
.Linde. 
Nora. 



Pero, díme : ¿eí doctor Rank está siempre tan aba- 
tido como ayer? 

No. Ayer lo estaba más que de ordinario. El pobre 
padece una enfermedad terrible. Está enfermo de la 
medula. Su padre era un personaje repugnante. Man- 
tenía queridas y... algo más podría decirse. Por eso 
su hijo resultó enfermizo desde la infancia. 
(Dejando caer la labor. ) Pero, querida Nora, ¿quién 
te cuenta esas historias? 

¡ Bah ! Cuando se han tenido tres hijos... se reciben 
visitas de señores que saben algo< de medicina y que 
cuentan muchas cosas. 

(Cosiendo de nuevo. Pausa.) ¿El doctor Rank vie- 
ne todos los días aquí? 

Todos los días ; es el mejor amigo de Helmer desde 
su juventud y mío también. El doctor Rank puede 
cfecirse que es de la casa. 

Pero, díme: ¿es realmente sincero? Quiero decir... 
¿No le gusta cumplimentar? 
Al contrario. ¿Por qué me lo preguntas? 
Cuando me presentaste ayer aseguró que había oído 
muchas veces mi nombre aquí. Pero después obser- 
vé que tu marido no tenía la menor idea de mí. 
¿Cómo entonces pudo' el doctor Rank...? 
Tienes razón, Cristina. Torvaldo siente gran admi- 
ración por mí. Quiere que sea sólo para él, como 
dice. Al principio sentía celos sólo al oírme nom- 
brar a uno de los seres queridos que me rodeaban 
en otro tiempo. Como es natural, dejé de hacerlo ; 
pero con el doctor Rank hablo muchas veces. Le 
divierte escucharme. 

Oye, Nora. Bajo varios aspectos eres una niña. Yo 
tengo más edad y más experiencia que tú. Voy ..i 
darte un consejo con respecto al doctor Rank : de- 
bes acabar con esto. 
¿Acabar con qué? 

Con muchas cosas. Ayer me hablaste de un rico 
adorador que había de darte dinero... 
Es verdad; pero, desgraciadamente, no existe. 
¿Y qué másj? ¿El doctor Rank es rico? 
Sí ; tiene fortuna. 
¿Y familia? 
A nadie. Pero... 
¿Viene aquí todos los días? 
Ya lo sabes. 



2Í ) 



Linde. 

Nora. 
Linde. 

Nora. 



Linde. 

Nora. 



Linde. 
Nora. 



Linde. 

Nora. 

Linde. 

Nora. 

Linde. 

Nora. 

Linde. 
Nora. 

Linde. 
Nora. 

Linde. 

Nora. 
Linde. 

Nora. 



Linde. 



Nora. 



¿Cómo es que un hombre como él puede cometer 
esta indelicadeza? 
No te comprendo. ; r 

No finjas, Nora. ¿Crees que no adivino a quién 
pediste prestados los mil doscientos escudos? 
Pero ¿te has vuelto loca? ¿Puedes pensar realmen- 
te semejante tontería? ¡A un amigo que viene aquí 
todos los días! ¡Qué -situación tan violenta sería! 
¿De modo que no e¿ él? 
No, desde luego. No se me ocurrió ni un solo mo- I 
mentó. Además, en aquella época no podía prestar 

ho 

Hf 



dinero, porque no lo tenía. Fué después cuando 
heredó. 

Creo que fué una suerte para ti, querida Nora. 
No. Nunca se me hubiera ocurrido pedir dinero al 
doctor Rank. No creas ; estoy segura de que si se 
lo pidiese... 
Pero no lo harás. 

No, naturalmente. No veo la necesidad. Pero estoy 
segura de que si hablase al doctor Rank... 
¿A espaldas de tu marido? 

Necesito salir de este asunto, que también se hizo 
a espaldas suyas. Esto tiene que acabar. 
Ya te lo decía ayer ; pero. . . 

(Yendo y viniendo.) Un hombre puede más fácil- 
mente desenredar estos asuntos que una mujer... 
Si hablas del marido, si. 

¡ Bah !... ¡ Bah ! (Se calla.) Cuando se paga todo se 
devuelve el pagaré; ¿no es verdad? 
Naturalmente. 

¿Y se puede romper en mil pedazos y quemar ei pa- 
pel sucio y asqueroso? 

(La mira fijamente, deja la labor y se levanta len- 
tamente.) Nora, tú me ocultas algo. 
¿Lo conoces en mi cara? 

Algo ha pasado desde ayer mañana... Nora, díme 
lo que es. 

(Volviéndose hacia ella.) ¡Cristina! (Escuchando. ) 
¡ Psit ! Torvaldo ha vuelto. Pasa a la habitación de 
sus hijos. Torvaldo' no puede sufrir que se cosa 
delante de él. Di a Ana María que te ayude. 
(Recogiendo la labor.) Está bien; pero no me iré 
mientras no me hables francamente. ( Vase por la 
puerta de la derecha. Al mismo tiempo, Helmer en- 
tra por la del vestíbulo. ) 

(Yendo a su encuentro.) ¡Con qué impaciencia te 
esperaba, querido Torvaldo ! 
30 



N( 



Helm. ¿Estaba aquí la modista?... 

Nora. No. Era Cristina. Me ayuda a arreglar el traje ; ya 
verás qué efecto produzco. 

Helm. Sí ; tuve una excelente idea. 

Nora. Una gran idea. Pero también yo soy buena compla- 
ciéndote. 

Helm. (Acariciándole la barbilla.) ¿Buena? ¿Por compla- 
cer a tu marido? Vaya, vaya, locuela ; ya sé yo que 
no era eso lo que querías decir. Pero no quiero 
entretenerte. Supongo que necesitarás ensayar. 

Nora. ¿Y tú, vas a trabajar? 

Helm. Sí. (Enseñándole los papeles.) Ys ves. He ido 'A 
Banco... (Va a entrar en su despacho.) 

Nora. ¡ Torvaldo* ! 

Helm. (Deteniéndose. ) ¿Qué? 

Nora. Si la ardilla chiquitita te pidiera can insistencia un 
favor... 

Helm. ¿Qué?. 

Nora. ¿Lo harías? ¡ Di ! 

Helm. Antes necesitaría saber de qué se trata. 

Nora. Si quisieras ser bueno y cariñoso, la ardillita salta- 
ría y haría toda clase de monerías. 

Helm. Di pronto. 

Nora. La alondra gorjearía en todos ios tonos. 

PiELM. La alondra no hace otra cosa. 
I^Nora. Bailaría por ti como los' silfos en noche de luna. 

Helm. Nora... Supongo que no se trata de lo que me has 
hablado esta mañana. 

Nora. (Acercándose. ) Sí, Torvaldo... ¡Te lo suplico! 

Helm. ¡ Y te atreves a hablarme por segunda vez ! 

Nora. Sí, sí ; tienes que consentir. Es necesario que Krogs- 
tad conserve su empleo en el Banco. 

Helm. Querida Nora : destino esa plaza a la señora Linde. 

Nora. Has hecho muy bien. No tienes mas que despedir 
a otro empleado en vez de Krogstad. 

Helm. ¡ Es una terquedad que pasa de la raya ! Porque 
ayer diste una promesa irreflexiva quieres que hoy 
yor.. 

Nora. No es por eso, Torvaldo. Es por ti. Tú mismo dices 
que ese hombre escribe en los periódicos peores... Po- 
dría perjudicarte. Me da un miedo tan horrible que... 

Helm. ¡ Ah ! Comprendo. Los recuerdos de otros tiempos 
te asustan. 

Nora. ¿Qué quieres decir? 

Helm. Piensas seguramente en tu padre. 

Nora. Si. Eso es. Recuerdo lo que esa gentuza escribió 
en lo¿ periódicos contra papá... y las calumnias que 

3i 



Helm. 



Nora. 



Helm. 



Nora. 
Helm. 



Nora. 
Helm. 

Nora. 
Helm. 



Nora. 
Helm. 

Nora. 
Helm. 

Nora. 



lanzaron contra él. Creo que le habrían destituídoi ^ 
si el ministerio no te hubiese enviado a hacer la 
inspección y si no hubieses sido tan benévolo con él. 
Norita, hay una gran diferencia entre tu padre y yo. 
Tu padre no era un funcionario inatacable. Y yo lok 
soy y espero continuar siéndolo mientras desempe- ] e m¡ 
ñe el cargo. 

¡Oh! ¿Quién sabe lo que los maldicientes pueden 
inventar? ¡Podríamos ser tan dichosos, tan felices 
en nuestro nido tranquilo tú, los niños y yo... ! PorW 
eso te lo suplico con tanta insistencia. 
Precisamente porque le defiendes no puedo dejar del 
reemplazarle... Ya saben en el Banco que debo des-jfow 
pedir a Krogstad. Si se supiera ahora que la mujer! i E 
del nuevo ¿lirector le hizo cambiar de opinión. . 
¿Qué? 

No ; ¿ qué importa con tal que hayas hecho triunfar 
un capricho tuyo? ¿Crees realmente que voy a po- 
nerme en ridículo a los ojos' de todo el personal ? k, 
¿Que crean que dependo de influencias ajenas? Ten 
la seguridad de que pronto tocaría las consecuen- 
cias. Y, además..., hay otra razón que imposibilita 
la permanencia en el Banco de Krogstad mientras 
yo sea director. 
¿Cuál? 

Con su mancha moral... hubiera podido ser indul- 
gente acaso... 
¿Verdad, Torvaldo? 

Sobre todo, porque me dicen que es un buen em- 
pleado. Pero es un antiguo' conocido, una de esas 
amistades de juventud, contraídas a la ligera, y que 
más tarde perjudican muchas veces en la vida. Para ^ 
decirlo todo de una vez, nos tuteamos, y ese indivi- 
duo carece de tacto hasta un extremo tal que no se 
oculta ante nadie ni por nada. Al contrario' : se ima- 
gina que le da derecho a usar un tono familiar, y a 
cada momento está hablándome de tú. Te juro que 
me es muy desagradable. Haría intolerable mi situa- 
ción en el Banco. 

Torvaldo, tú no crees lo que dices. 
Sí. ¿Por qué no? 

Porque ésa sería una causa insignificante. 
¿Cómo? ¿Insignificante? ¿Crees que soy insigni- 
ficante? 

No ; al contrario, querido Torvaldo, y por eso mis- 
mo . . , 



fe 



fe 



te 

¡EL 



« 



3 2 



ÍORA. 

ÍELM. 



•RIAD. 

•Jora. 

ÍELM. 

ÍORA. 



ÍELM. 
^ORA. 

!.íelm. 



MORA. 

ÍELM. 

■foRA. 

(ÍELM. 



Nora. 



Es' igual. Dices que las razones que doy son insig- 
nificantes, y en ese caso el insignificante soy yo. 
¿Insignificante? ¿De veras? Ya es hora de que esto 
acabe. (Llamando.) ¡Elena! 
¿Qué vas a hacer? 

A tomar una decisión. (Entra la criada.) Tome us- 
ted esta carta. Vaya en seguida a buscar un man- 
dadero que la atregüe. ¡ Pronto ! Lleva la direc- 
ción. Tome dinero. 

Está bien, señor. (Se va con la carta.) 
(Recogiendo los papeles,) ¡Ya está, señora testa- 
ruda ! 

(Con voz apagada.) ¿Qué carta es ésa? 
La cesantía de Krogstad. 

¡ Cógela. Torvaldo ! ¡ Aun es tiempo ! ¡ Oh, Torval- 
do ! Cógela. ¡ Hazlo por mí, por ti, por los hijos ! 
¡ Escúchame, Torvaldo ! ¡ Hazlo ! ¡ Tú no sabes lo 
que sufriremos todos ! 
Demasiado tarde. 
Sí, demasiado tarde. 

Querida Nora, te perdono esta angustia, aunque en 
el fondo sea una ofensa para mí. ¡Sí, lo es¡! ¿No 
es una ofensa creer que pueda temer la venganza 
de un picapleitos deshonrado? Pero te la perdono 
porque prueba el gran amor que me tienes. (La 
abraza.) Eg preciso, adorada Nora. Suceda lo que 
suceda, en los' momentos graves verás que tengo 
fuerza y valor y que sé asumir la responsabilidad 
de todo. 

(Asustada.) ¿Qué quieres decir? 
La responsabilidad de todo, te lo repito. 
(Con energía.) ¡No! ¡Nunca! ¡No lo harás! 
Bueno, la compartiremos entonces, Nora, como ma- 
rido y mujer. Así debe ser. (Acaricmndola.) ¿Estás 
contenta ahora? No me mires con ojos de paloma 
degollada. Todo eso son fantasías. Ahora debes en- 
sayar la tarantela y ejercitarte en el tamboril. Yo 
me cerraré en el despacho y no oiré nada. Podrás 
hacer todo* el ruido que quieras, y cuando venga 
Rank le dices dónde estoy. (Entra en su despacho 
llevando los papeles y cierra la puerta por dentro.) 
(A media voz. con angustia, quedando como petri- 
ficada en su sitio.) Será capaz de hacerlo. Lo hará 
a pesar de todo. ¡ Oh ! ¡ Nunca ! ¡ Nunca ! ¡ Antes 
cualquier cosa! ¡ Socorro ! ¡Un medio!... (Lla- 
man. ) i El doctor Rank ! ¡ Todo antes que eso ! (Se 

33 



pasa la mano por la frente, procurando dominarse ^ 
y va a abrir la puerta. Se ve al doctor Rank col 
gando el abrigo. Durante la escena siguiente se vi ^ 
haciendo de noche.) Buenos días, doctor. Le he co 
nocido en Í% manera de llamar. No se puede entra: 
ahora en el despacho. Torvaldo está ocupado. 

Rank. ¿Y usted? 

Nora. (Mientras él entra y ella cierra la puerta.) Ya sab< 
que para usted siempre tengo un instante. 

Rank, Gracias. Lo aprovecharé mientras pueda. 

Nora. ¿Qué quiere usted decir? ¿Mientras pueda? 

Rank. Sí. ¿La asusta? 

Nora. La frase es extraña. ¿Qué puede suceder? 

Rank. Lo que previne hace mucho tiempo. Pero no ere 
que Íleo-ara tan pronto. 

Nora. (Cogiéndole por el brazo.) ¿Qué ocurre? ¿Qué 1 
han dicho? Doctor, va usted a decírmelo. 

Rank. (Sentándose junto a la chimenea. ) Estoy al fin ds 
viaje. Nada se puede hacer ya. 

Nora. (Tranquilizándose.) ¿Se trata de usted? 

Rank. ¿De quién, pues? ¿Para qué mentirme a mí mismo 
Soy el peor de todos mis enfermos, señora Helmer 
En estos días hice examen general de mi estado 
Es la bancarrota. Tal vez dentro de un mes est* 
pudriéndome en un cementerio. 

Nora. ¡ Oh, qué manera de hablar tan fea ! 

Rank. Es que el hecho en sí es endemoniadamente feo. L( 
peor, sin embargo, son los horrores que han de pre 
cederle. Sólo me falta un examen. Una vez hecho 
sabré casi con seguridad cuándo empezará el des 
enlace. Deseo decirle una cosa : como Helmer sien 
te por su naturaleza delicada aversión a todo lo re 
pugnante, no quiero que venga a la cabecera de m 
cama. 

Nora. Pero, doctor... 

pLÁNK. No lo quiero. Bajo ningún pretexto. No le permi- 
tiré entrar. Cuando tenga la certeza de la catástrofe 
le enviaré mi tarjeta de visita marcada con una cruí 
negra. Entonces sabrán ustedes que ha comenzad* 
el final espantoso. 

Nora. No. Hoy está usted demasiado fúnebre. ¡ Y yo dé h 
seaba tanto que estuviese usted de buen humor... | le 

Rank. ¿Con la muerte delante de los ojos? ¿Y pagando 
por otros? ¿Es esto justicia? ¡Y pensar que en cada 
familia existe, en una forma o en otra, alguna liquir 
dación de este género ! 

34 



Xr. 



I 



(Tapándose los' oídos.) ¡ Psít ! ; Estemos alegres! 
¡ Estemos alegres ! 

Sí, el caso es para reír. Mi espina dorsal, pobre 
inocente, debe sufrir por la vida alegre que llevó 
mi padre cuando era teniente. 

Nora. Le gustaban mucho los espárragos y el foiegras, 
¿no es verdad? 
Jp.ANK. Sí ; y las trufas. 

Nora. ¡ Ah, sí? ¿Y las ostras también? 

Rank. Y las ostras, naturalmente. 

Nora. Y todo bien regado con oporto y champagne... Es 
lástima que todas esas cosas ataquen a la espina 
dorsal. 

Sobre todo, cuando atacan a una espina dorsal que 
no distrutó de ellas. 
¡ Ah ! Sí. Eso es lo más triste del caso. 
(Mirándola atentamente.) ¡ Eh ! 

(Después de una pausa.) ¿Por qué ha sonreído us- 
ted? 

Rank. Es usted la que ha sonreído. 

Nora. No, doctor ; le juro que ha sido usted. 

Rank. (Levantándose.) No creí que fuera usted tan bur- 
lona. 

Hoy estoy en disposición de decir muchas tonterías. 
Ya se ve. 

(Poniendo las manos sobre los hombros del doctor.) 
Querido, querido doctor, no debe usted abandonar- 
nos a Torvaldo y a mí. 

Será una pena de la que pronto se consolarán. Los 
que se van son pronto olvidados. 
(Mirándole con inquietud.) ¿Usted lo cree? 
Se entablan nuevas relaciones, y entonces... 
¿Quién se creará nuevas relaciones? 
Usted y Helmer. Los dos. Lo harán ustedes cuando 
me haya ido. Usted me parece que ya ha empezado. 
¿Qué tenía que hacer aquí ayer la señora Linde? 
¡Ah!... ¿Va usted a tener celos de la pobre Cris- 
tina ? 

Sí. Los tengo. Me sucederá en la casa cuando llegue 
mi vencimiento. Esa persona... 

Nora. ¡ Psit ! No hable tan alto. Está ahí al laclo. 

Rank. ¿Hoy también? Ya lo ve usted. 

Nora. Sólo ha venido para arreglar mi traje. ¡ Dios mío, 
qué ridículo es usted ! (Sentándose en el sofá.) 
Ahora hay que ser razonable, doctor. Ya verá usted 
qué bien bailo mañana, y podrá usted asegurar que 
no lo hago mas que por usted, sí, por usted y por 



Rank. 
Nora. 
Rank. 

Nora. 



Rank. 
Nora. 

Rank. 
Nora. 



Rank. 
Nora. 

Rank. 



Nora. 

Rank. 

Nora. 
Rank. 



Nora. 
Rank. 
Nora. 

Rank. 
Nora. 

Rank. 

Nora. 

Rank. 
Nora. 

Rank. 



¡ Qué bonito ! Ahora está muy osen 



Torvaldo, como es natural. (Saca varios objetos de\¡0 t 
la caja de cartón.) Doctor, venga a sentarse aquí, 
que voy a enseñarle varias cosas. 
(Sentándose. ) ¿Qué? 
Mire usted... ¡Fíjese! 
Bajos de seda. 
Color de carne. 

ro ■; pero mañana... No, no, no. Usted no debe veri 
mas que la planta d^ los pies. Pero, sin embarga 
si viera usted un dooc más arriba... 
¡ Hola ! 

¿Por qué tiene usted ese aire de duda? ¿No cree 
usted que me sentarán bien? 
No tengo nada en que fundar mi opinión. 
(Mirándole un momento.) ¡ Ah ! ¡Qué malo es us- 
ted ! (Dándole un golpe suave en el oído con los 
bajos.) Eso es lo que usted se merece. (Vuelve a 
guardarlos en la caja de cartón.) 
¿Qué maravillas me faltan por ver? 
No verá usted nada, porque no es usted prudente 
(Busca entre los objetos tarareando.) 
(Después de una pausa.) Cuando estoy a su lado, 
familiarmente, no puedo comprender... No, no com-i 
prendo lo que hubiera sido de mí si no hubiese veni- 
do nunca a esta casa. 

(Sonriendo.) Creo, en efecto, que, en resumidas 
cuentas, no está a gusto mas que en casa. 
(Bajando la voz y mirando fijamente al techo.) \Y 
tenerlo que dejar ! 

¡ Tonterías ! ¡ Usted no dejará nada ! 
(Igual que antes.) Y no dejar ni un agradecimientc 



Noxá 

Rank 

Nora 

Rank 

NOR.4 

UK 

ÍCRA 

Rank 

XORA 



nada más 



Ravk 

Nora, 

kn, 
'm. 



siquiera..., apenas un dolor pasajero 

que un lugar vacío que podrá Henar el primero que 

llegue... 

¿Y si le pidiera a usted...? No 

Si me pidiera usted... ¿qué? 

Una prueba de cariño. 

¡Ah! ¿Qué? 

Quiero decir un gran servicio. 

¿Querrá usted darme, aunque no sea mas que unsj|[ 0RA 

sola vez, esta gran alegría? 

Sí. Pero usted no sabe de qué se trata. 

¡ Vaya ! ¡ Dígamelo usted ! 

No. No puedo, doctor. Es tan grave... Es a ía ve; 

un consejo, un auxilio y un favor... 

Tanto mejor. Nj- adivino io que pueda ser. Pero ha 

ble usted. ¿No tengo su confianza? 

3 6 



Kank. 

¡Nora. 

Rank. 
Nora. 

Rank. 



Nora. 

Rank. 

Nora. 



R.ANK. 

Nora. 

Rank. 



Kank. 
Nora. 
Rank. 

Nora. 



Rank. 
Nora. 



Como nadie. Ya sabe usted que es mi mejor amigo, 
mi amigo más fiel. Por eso quiero decírselo todo. 
Pues bien, doctor : hay algo que me conviene evitar. 
Ya sabe usted jo que Torvaldo me ama y no vacila- 
ría un momento en dar su vida por mi. 
(Acercándose a ella.) Nora, ¿cree usted que sea el 
único? 

(Con un movimiento instintivo de retroceso. ) 
¿Cómo? 

El único que daría su vida alegremente por usted. 
(Tristemente. ) ¿De veras? 

Había jurado que usted lo sabría antes de que me 
fuera para siempre. No podía encontrar mejor oca- 
sión. Sí, Nora, ya lo sabe usted. Esto quiere de- 
cir que puede confiar en mí más que en nadie. 
(Levantándose serena y tranquilamente. ) Déjeme 
pasar, 

(Dejándola paso, pero continuando sentado.) ¡ Nora ! 
(Junto a la puerta de entrada.) Elena, trae la lám- 
para. (Dirigiéndose a la chimenea.) ¡Oh, doctor, 
qué mal ha hecho usted ! 

¿Hice mal en amarla profundamente, cuanto me ha 
sido posible? 

No ; pero en haberlo dicho, sí. Ya era bastante 
con que... 

¿Qué quiere usted decir? ¿Que lo sabía usted? (La 
criada entra con la lámpara, que pone sobre la me- 
sa; después sale.) Nora..., señora Helmer, la pre- 
gunto si lo sabía. 

¿Qué sé yo?... No puedo, realmente, decírselo. ¿Có- 
mo fué usted tan torpe, doctor? Todo. iba tan bien... 
Bueno ; ahora tiene la seguridad de que puede dis- 
poner de mí en cuerpo y alma. Hable usted. 
(Mirándole.) ¿Después de lo que acaba usted de 
decir? 

Se lo suplico. Dígame de qué se trata. 
Se acabó. No sabrá usted nada. 

¡ Sí ! ¡ Sí ! No me castigue así. Déjeme usted que la 
ayude cuanto me sea posible. 

Ahora ya no puede usted ayudarme en nada... Ade- 
más, ya no necesito a nadie. No eran mas que fan- 
tasías, nada más. Es evidente. (Se siento, en la me- 
cedora y le mira sonriendo. ) Si verdaderamente es 
usted un caballero, doctor Rank, ¿no le da a usted 
vergüenza ahora que la lámpara está encendida? 
A decir verdad, no. Pero debo partir para siempre. 
¿Por qué? Usted seguirá viviendo igual que antes. 

37 



,,v.;,^c : -; : j-^^, : .v; ; :-v^,,r-, ; ; ..:-,.:--: : ^^.--- : j-.-y^-r >. | 

Ya sabe usted que Torvaldo no puede vivir sin 
usted. 

Rank. Sí; ¿y usted? 

Nora. ¿Yo? ¡Me parece todo tan alegre cuando usted 
llega... ! 

Rank. Eso precisamente me hizo equivocarme. ¡ Es usted 
un enigma í A veces me ha parecido que tiene usted 
tanto gusto en estar conmigo como en estar con 
Heimer. 

Nora. Sí, es verdad. Hay personas a quienes se ama y per- 
sonas con quienes se está a gusto. 

Rank. En eso tiene usted razón. 

Nora. Cuando estaba en casa amaba a papá sobre todo. 
Pero mi mayor placer era bajar a escondidas al cuar- 
to de las criadas, que no me reprendían nunca y que 
me contaban historias muy divertidas. 

Rank. ¡ Ah ! ¡Muy bien ! ¿De manera que yo he reempla- 
zado a las criadas? 

Nora. (Levantándose vivamente y yendo hacia él.) No, mi 
querido doctor, no es eso lo que yo he querido decir. 
Pero usted puede comprender que son igual para mí 
Torvaldo que papá. 

Criad. (Viniendo del vestíbulo.) ¡Señora! (La habla al 
oído y la da una tarjeta.) 

Nora. (Mirando la tarjeta.) ¡Ah! (La guarda en su bol- 
sillo. ) 

Rank. ¿Algo molesto? 

Nora. No. Es... Es mi nuevo traje. 

Rank. ¿Cómo? Pero su traje esiá ahí... 

Nora. ¡Oh ! Sí, éste, sí, Pero hay otro... Lo encargué yo... 
Torvaldo no debe saber nada. 

Rank. ¡ Ah ! ¿Ese es el gran secreto? 

Nora. ¡ Claro está ! ¡ Entre pronto en su despacho ! Está 
en la habitación del fondo. No le deje venir... 

Rank. Esté usted tranquila. No se me escapará. (Entra 
en el despacho de Helmev.) 

Nora. (A la criada.) ¿Espera en la cocina? 

Criad. Sí; subió por la escalera de servicio... 

Nora. ¿No le dijiste que había visita? 

Criad. Sí, pero no hizo caso. 

Nora. ¿No ha querido irse? 

Criad. No, no se irá sin haber hablado con la señora. 

Nora. Bueno. Que entre, pero sin que haga ruido. Elena, 
no se lo digas a nadie. Es una sorpresa para mi 
marido. 

Criad. Sí, sí, ya comprendo... (Vase.) 

Nora. ¡ Lo horrible se acerca ! Viene. No, no, no puede ser. 



Krog 

Nora 
Krog 
Nora 
Krog 
Nora 



Kr;;¡ 

Ñor. 
Kroi 






Krog. 

¡Nora. 

jrog. 

Nora. 
¡Krog. 
íNora. 



¡Krog. 

Nora. 
Krog. 

Nora. 
Krog. 



Nora. 

■ i Krog. 

Nora. 

Krog. 



Nora. 
Krog. 



Nora. 
Krog. 



Nora. 
Krog. 

Nora. 
Krog. 



No debe ser. (La criada hace entrar a Krogstad y 
cierra la puerta. Viene en traje de viaje, botas altas 
y gorra de abrigo. Yendo a su encuentro. ) Hable 
usted en voz baja. Mi marido está ahí. 
Es posible. 
¿Qué quiere usted? 
Un informe. 
¡Hable pronto! ¿Cuál? 
Sabe usted que he recibido mi cesantía. 
No he podido impedirlo, señor Krogstad. Luché de- 
fendiendo su causa hasta el fin, pero nada he con- 
seguido. 

¿Su marido siente tan poco amor por usted? Sabe 
lo que puede suceder y, sin embargo, se atreve a... 
¿Cómo puede usted imaginar que lo sepa? 
Ya me figuraba yo que no. No se hubiera mostrado 
tan valeroso el bueno ele Torvaldo Helmer. 
Señor Krogstad, exijo que se respete a mi marido. 
Ya lo creo. Se le respeta lo debido. Pero cuando la 
señora pone tanto empeño en ocultar el asunto me 
permito suponer que está mejor informada que ayer 
de la gravedad de lo que ha hecho. 
Mejor informada que por usted. 
En efecto, un picapleitos como yo... 
¿Qué me quiere usted? 

Nada. Ver sencillamente cómo se encontraba usted. 
En todo el día no he dejado de pensar en usted. Se 
puede ser un usurero..., un picapleitos..., un..., en 
una palabra : un individuo como yo, y se puede tener 
corazón. 

¡ Pruébelo usted ! ¡ Piense en mis hijos ! 
¿Pensó su marido en los míos? Pero poco importa. 
Quería aconsejarla únicamente que no tomara las co- 
sas por lo trágico. En primer lugar, no la denunciaré 
a usted. 

¿No? ¿Es verdad? Estaba segura. 
Se puede muy bien terminar este asunto amistosa- 
mente. No es necesario que otros estén informados. 
Esto debe quedar entre los tres. 
Mi marido no debe saber nunca... 
¿Cómo puede usted impedirlo? ¿Puede usted acaso 
pagar el resto? 
No ; en seguid?, no. 

¿Ha encontrado usted tal vez medio de procurarse 
dinero estos días? 



Nora. 
Krog, 

ORA. 

Krog, 

Nora. 
Krog, 



Nora, 



N( RA 



Nora. No. Ningún medio que quiera emplear. - ^ 0RÍ ' 

Krog. Además, no le hubiera a usted servido para nada. ^ 
Por ningún dinero le devolvería la firma. 

Nora. Pero expliqúese usted, entonces ; ¿qué' piensa usted 
hacer ? 

Krog. Quiero, sencillamente, guardarla, tenerla en mi po- 
der. Ningún extraño lo sabrá nunca. Así, para el 
caso en que haya pensado tomar alguna resolución 
desesperada... 

Nora. Ya he pensado. 

Krog. ... O bien abandonarlo todo y huii 

Nora. Ya he pensado. 

Krog. ... O hacer algo peor aún... 

Nora. ¿Cómo puede usted saberlo? 

Krog. ... Abandone usted esas ideas... 

Nora. Pero ¿cómo puede usted saber que se me han ocu- 
rri io ? 

Krog. Casi f odos las tenemos al principio. Yo las tuve como 
los demás. Pero a fe que faltó valor. 

Nora. (Con voz apagada.) ¡A mí también! 

Krog. (Como si se sintiera aliviado de un peso.) ¿No e¡¡¡ 
los demás. Pero a fe que me faltó valor. 

Nora. Sí. 

Krog. Además, sería una gran locura. Pasada la primera 
tempestad conyugal... Aquí en el bolsillo tengo una 
carta para su' marido. 

Nora. ¿Se lo cuenta usted todo? 

Krog. Con las palabras más veladas que me ha sido posible 
emplear... 

Nora. (Con viveza.) No debe ver esa carta. Rómpala us- 
ted. Encontraré el dinero. 

Krog. Perdone usted, señora ; pero creo haberla dicho hace 
poco... 

Nora. No. No hablo del dinero que le debo. Dígame usted 
el dinero que pide a mi marido y se lo daré. 

Krog. No pido dinero a su marido. 

Nora. Pero entonces, ¿qué quiere usted? 

Krog. Voy a decírselo. Quiero ascender, señora, quiero lle- 
gar, y su marido puede ayudarme. En año y medio) 
no cometí ningún acto deshonroso ; en ese tiempo 
he tenido que luchar contra terribles dificultades. Es- b 
taba contento avanzando paso a paso. Ahora me han 
echado, y ya no me contento con que me tomen por 
compasión. Le digo que quiero llegar. Quiero en 
trar de nuevo en el Banco en mejores condiciones', Li>; 
que antes. Su marido puede crear un empleo para mí* 

40 



N )r; 



uv 



h 



Nora. ¡ Nunca lo hará ! 

Krog. Lo hará. Le conozco. No se atreverá ni a pestañear. 
Y después, ya verá usted. Antes de un año seré el 
brazo derecho del director. Será Nils Krogstad y no 
Torvaldo Helrner el que dirigirá el Banco. 
Nora. Eso no sucederá nunca. 
¡Krog. ¡Usted podría tal vez... ! 
Nora. Ahora tengo ya valor. 
¡Krog. ¡ Oh ! No me asusta usted. Una señora tan delicada 

y tan distinguida como usted... 
ÍNora. ¡ Ya v^tá usted ! ¡ Ya verá usted ! 
IKrog. ¿Bajo el hielo, quizás? ¿En el abismo húmedo, som- 
brío y frío? Y en primavera volver a la superficie, 
desfigurada, desconocida, calva,.. 
Nora. No me asusta usted. 

ÍKrog. Ni usted. Eso no se hace, señora Helmer. Y, ade- 
más, ¿para qué? Seguiría teniendo su firma en el 
bolsillo. 

Nora. ¿Y cuando yo no exista? 

«Krog. Olvida usted que en ese caso su fama estará igual- 
mente entre mis manos. (Nora le mira con sorpresa. ) 
Bueno. Ya está usted prevenida. ¡ No haga usted ton- 
terías ! Cuando Helmer reciba mi carta esperaré la 
contestación. Y recuerde usted que fué su marido el 
que me obligó a dar este paso. Eso no se lo perdo- 
naré nunca. Adiós, señora. (Vase.) 
¡Nora. (Entreabriendo con precaución la puerta del vestí- 
bulo y escuchando. ) Se ha ido. No le entregará la 
carta. No. No. Es imposible. (Abre la puerta un 
poco más.) ¿Qué hace? Se para. Reflexiona. ¿Irá 
acaso a...? (Se oyen los pasos de Kro gstad, que se 
aleja después de haber echado la carta en el buzón. 
Nora reprime un grito y baja corriendo la escena 
hasta la mesa que está cerca del sofá. Pausa.) ¡ Está 
en el buzón ! (Va de puntillas a la puerta de la ante- 
cámara. ) ¡ Allí está ! ¡ Torvaldo, Torvaldo, ahora sí 
que estamos perdidos ! 
Linde. (Entra por la puerta de la derecha trayendo el traje. ) 
He hecho todo lo que he podido. ¿Quieres probar? 
Nora. (En voz baja, con angustia.) Cristina, ven. 
Linde. (Arrojando el traje en el sofá.) ¿Qué te pasa? ¿Es- 
tás alterada? 
Nora. Ven. ¿Ves esta cart* 

del buzón ? 
Linde. Sí, la veo. 
Nora. Es de Krogstad. 



Esta, a. través de la boca 



4 1 



Linde. 
Nora. 
Linde. 

Nora. 
Linde. 
Nora. 

Linde. 

Nora. 
Linde. 
Nora. 
Linde. 
Nora. 



Linde. 
Nora. 



Linde. 

Nora. 

Linde. 
Nora. 



Linde. 
Nora. 
Linde. 

Nora. 
Linde. 

Nora. 

Helm. 

Nora. 
Helm. 



Nora. 
Linde. 

Nora. 



¡ Nora ! ¿ Te prestó Krogstad el dinero ? 
Sí. Y ahora Torvaldo lo sabrá todo. 
Créeme, Nora : es lo mejor pa<ra los dos. 
No lo sabes todo : falsifiqué una firma. 



Dios 



¿Qué dices? 



¡ Oye, Cristina ! Oye lo que voy a decirte : necesito 
que me sirvas de testigo. 
¿Testigo? ¿De qué? 

Si me volviera loca..., lo cual puede suceder... 
¡ Nora ! 

O si ocurriera algo... y no estuviera aquí para... 
j Nora ! ; Nora ! Estás loca. 

Si alguien entonces quisiera cargar con la responsa- 
bilidad, con la responsabilidad de todo... ; ¿compren- 
des? 

Sí. Pero ¿cómo puedes creerlo? 

En ese caso debes atestiguar que es falso, Cristina. 
No estoy loca. Con mis cinco sentidos te digo : nadie 
más lo supo ; lo hice yo sola, completamente sola. 
Acuérdate de esto. 

Está bien, me acordaré. Pero no comprendo todavía 
cómo . . . 

¡ Ah ! ¿Cómo podrías comprenderlo? Es un prodigio 
que va a realizarse. 
¿Un prodigio? 

Sí, un prodigio. ¡Pero es tan terrible... ! Cristina, es 
menester que eso no suceda. No lo quiero a ningún 
precio. 

Voy a ir en seguida a hablar a Krogstad. 
No vayas. Te contestaría mal. 

En otro tiempo hubiera hecho cualquier sacrificio para 
complacerme. 
¿El? 

¿Dónde vive? 

¿Qué sé yo?... ¡ Ah, sí ! (Busca en el bolsillo.) Aquí 
hay una tarjeta suya. Pero la carta..., la carta... 
(Desde su despacho, llamando a la puerta de co- 
municación. ) \ Nora ! 

(Con angustia.) ¿Qué pasa? ¿Qué quieres? 
¡ Vaya ! ¡ Vaya ! Tranquilízate. Ño podemos entrar. 
Has echado el cerrojo a la puerta. ¿Estás ensa- 
yando? 

Sí, sí, ensayo. Ya verás qué bonita estaré. 
(Después de haber mirado la tarjeta.) Vive muy 
cerca de aquí. En la esquina. 

Sí. Pero ¿para qué? Estamos perdidos. La carta 
está en el buzón. 

42 



Linde. 
Rosa. 

Linde. 

Nora. 
Linde 



Nora. 
Helm 



Nora 
Helm 

BÍORfl 
L 

Nor¿ 

L! 

Ñor 

Hel: 



KE! 



rinde. ¿Y tu marido tiene la llave? 

Nora. Siempre. 

Linde. Krogstad puede reclamar la carta antes de que la 
lea. Puede encontrar un pretexto 'cualquiera. 

Nora. Pero ésta es precisamente la hora en que Torvaldo 
acostumbra... 

Linde. ¡ Entretenle ! ¡Vé a su despacho ! Vuelvo en se- 
guida. (Vase apresuradamente por la puerta del 
vestíbulo. ) 

Nora. (Acercándose a la puerta del despacho de Helmer, 
abriéndola y mirando.) ¡Torvaldo! 

Helm. (Desde el despacho. ) Bueno. Ya se puede entrar, por 
fin, en casa. Ven, Rank, vamos a ver... (Presen- 
tándose.) Pero ¿qué es esto? 

Nora. ¿Qué, querido Torvaldo? 

Helm. Rank me había preparado para una gran escena con 
traje a propósito... 

Rank. (Presentándose. ) Así lo había comprendido. Por lo 
visto, me equivoqué. 

Nora. Sí. Nadie me verá en todo mi esplendor hasta ma- 
ñana. 

Helm. Pero, querida Nora, parece que estás muy cansada. 
¿Has ensayado el baile? 

Nora. No, aun no he ensayado 1 ni una sola vez. 

Helm. No estaría de más que lo hicieras. 

Nora. Sí, Torvaldo, es indispensable. Pero no puedo bailar 
sin ti. Me he olvidado. 

Helm. ¡ Vaya ! Ensayaremos. 

Nora. Sí. ¿Verdad? Al fin vas a ocuparte de mí, Torval- 
do. ¿Me lo prometes? Estoy tan inquieta... Esa re- 
unión a la que debemos ir... ¡Por esta noche, basta 
de negocios y de papeles! ¿Eh? ¿Quieres? 
Te lo prometo 1 . Esta noche estoy enteramente a tu 
disposición..., alondra chiquita. ¡ Ah ! Pero antes 
debo ver una cosa. (Se dirige a la puerta del vesíí- 
bido.) 

¿Qué quieres hacer? 
Ver si han venido cartas. 
Ño, Torvaldo, no lo hagas. 
¿Por qué? 

Torvaldo, te lo suplico... No hay... 
Déjame verlo. (Se dirige hacia la puerta.) 
(Al piano toca los primeros compases de la taran- 
tela.) 
¡ Hola ! 
No podré bailar mañana si no ensayo hoy contigo. 

43 



Helm. 



Nora. 
Helm. 
.Nora. 
;Helm. 
Nora. 
Helm. 
Nora. 

Helm. 
Nora. 



Helm. 

Nora. 

Helm. 

Nora. 



Helm. 

Nora. 
Helm. 

Nora. 



M 



l'LM. 



Nora. 

Rank. 
Helm. 



Linde. 

Nora. 
Helm. 

Nora. 

Helm. 

Helm. 

Nora. 
Helm. 

Nora. 

Helm. 

Nora. 



Helm. 
Nora. 



(Yendo hacia ella.) ¿ Tienes realmente miedo, No- 
rita? 

¡ Sí ! ] Sí ! Un miedo espantoso. Déjame ensayar en 
seguida : tenemos tiempo antes de sentarnos a la 
mesa. Siéntate, querido Torvaldo, y toca. Corríge- 
me, dame consejos, como sabes hacer. 
Con mucho gusto, con muchísimo gusto, ya que lo. 
quieres. (Se sienta al piano.) 

(Abre una caja, saca un tamboril y un mantón de 
colores abigarrados, se arregla en un abrir y cerrar 
de ojos y después, de un salto, se coloca, en medio 
de la sala y grita. ) ¡ Ea ! ¡ Toca ! ¡ Quiero bailar ! 
(Helmer toca, Nora baila y el doctor Rank se colo- 
ca detrás de Helmer y la sigue con la vista.) 
(Tocando. ) Suavemente, suavemente. 
¡ Imposible ! 
Menos prisa, Nora. 
Al contrario : eso es lo que hace falta. 
No, no, no está bien.' 

(Riendo y agitando el tamboril.) ¿Qué te decía yo? 
Permíteme que me ponga al piano. 
(Levantándose.) Con muchísimo gusto; así podré 
dirigirla mejor. (Rank se sienta al piano y toca. 
Nora baila cada vez más locamente. Helmer, cerca 
de la chimenea, la dirige de vez en cuando una ob- 
servación, que ella parece no oír. Sus cabellos se 
desatan y caen sobre sus hombros. Ella no se da 
cuenta y continúa. La señora Linde entra.) 
(Parándose, sorprendida. ) ¡ Ah ! 
Llegas en plena locura, Cristina. 
Pero, querida Nora, bailas como si en ello te fuera 
la vida. 
Así es. 

Basta, Rank. Es una locura. No toques más, te 
digo. (El piano calla y Nora se pa,ra de pronto.) 
(A Nora.) Eso sí que no lo hubiera creído : hag ol- 
vidado todo cuanto te había enseñado. 
(Arrojando el tamboril.) Ya lo ves. 
Veo que tienes gran necesidad de que te guíen. 
Ya ves si lo necesito. ¿ Me guiarás hasta el fin ? ¿ Me 
lo prometes, Torvaldo? 
Puedes confiar. 

Ni hoy ni mañana deb^s pensar en nada más que en 
mí, y no debes abrir ninguna carta... ni el buzón de 
las cartas. 

¡ Bueno ! Ve® en elío aún el terror de ese hombre. 
Sí, no te lo niego, algo hay de eso. 

44 



Helm. 



Rank. 
Helm. 

Nora. 
Criad 

"Nora 
Cr¡ai 



N"?> 



, 



Kelm. 



Rank. 
Helm. 

Nora. 
Criad. 



ora. 



Nora. 



Nora. 
Linde. 

Nora. 

Linde. 

" Nora. 

Linde. 

Nora. 



Helm. 
Nora. 



Nora, te lo conozco en los ojos. Hay ahí una carta 
suya para mí. 

No sé. Creo que sí ; pero es necesario que no leas 
nada de eso ahora. Ni una sombra debe interponer- 
se entre nosotros mientras no acabe todo. 
(En voz baja, a Helmer.) No hay que contrariarla. 
(Abrazándola por la cintura.) Se hará como quiere 
la niña. Pero mañana..., cuando hayas bailado... 
Serás 1 libre. 

(Presentándose en la puerta de la derecha.) La se- 
ñora está servida. 
Trae champagne, Elena. 
Sí, señora. (Vase.) 

\ Hola ! ¡ Hola ! Parece que vamos a estar de fran- 
cachela. 

Alegría y fiesta hasta mañana. (Gritando a la cria- 
da.) Y unas cuantas almendras, Elena, o si no, mu- 
chas ; por una vez no importa. 

(Cogiéndola las manos.) ¡Así! ¡Así! ¡Muy bien! 
No hay que cener miedo. Quiero que vuelvas a ser 
mi alondra chiquitita que gorjee como siempre. 
Sí, Torva! do, sí. Pero entra ahí un momento, y us- 
ted también, doctor. Tú, Cristina, me ayudarás a 
peinarme. 

(En voz baja, yendo hacia el comedor.) Oye. Y todo 
esto... ¿no te hace suponer algo... extraordinario? 
No, querido amigo. Es únicamente la angustia pue- 
ril de que te he hablado. (Se van por la izquierda. ) 
¿Eh? 

Se fué al campo. 
Lo conocí en tus ojos. 

Vuelve mañana por la noche. Le he dejado una carta. 
No debiste hacerlo. No hay que impedir nada. En 
el fondo, es un gran placer esperar lo horrible. 
¿Qué esperas? 

No lo comprenderías. Vé con ellos. Voy al instante. 
(Se queda un momento inmóvil, como para recon- 
centrarse en sí misma. Después mira el reloj.) Son 
las cinco. Plasta media noche, siete horas. Después, 
veinticuatro horas hasta la media noche próxima. 
Entonces ya se habrá bailado la tarantela. Veinti- 
cuatro y siete, treinta y una. Me quedan treinta y 
una horas de vida. 

(Desde la puerta de la izquierda. ) Pero ¿qué le pasa 
a la alondra chiqui'lt?? 
(Arrojándose en sus- brazos,) ¡Aquí está y»! 



ACTO TE R C E R O 



La misma decoración. Los muebles, mesas, sillas y sofá han 
sido llevados al centro de la habitación. La puerta del ves- 
tíbulo está abierta. Se oye música de baile en el piso su- 
perior. 

La señora Linde, sentada cerca ele la mesa, hojea distraída- 
mente un libro. Procura leer, pero no consigue fijar el pensa- 
miento. A veces echa una mirada a la puerta de entrada y 
escucha con atención. 



Linde. (Mirando al reloj.) No viene. Es muy temprano to- 
davía. Con tal que... (Escucha. ) ¡ Ah ! Es él. (Sale 
al vestíbulo y abre suavemente la puerta; se oye su- 
bir por la escalera con precaución. En voz baja. ) 
Entre usted. Estoy sola. 

Krog. (Desde la puerta.) Recibí su caria.. ¿Qué quiere de- 
cir? 

Linde. Es absolutamente necesario que le hable. 

Krog. ¿De veras? ¿Y es necesario que la entrevista se 
celebre aquí? 

Línde. No podía recibirle en mi casa. No tengo escalera 
de servicio. Venga usted. Aquí estaremos solos. Los 
Heimer están en el baile de los vecinos del segundo. 

Krog. (Entrando. ) ¡Hola! ¡Hola! ¿Los Heimer bailan 
esta noche? ¿De veras? 

Linde. ¿Qué tiene de particular? 

Krog. Nada. 

Linde. Bueno, Krogstacl, tenemos, que hablar. 

Krog. ¿Los dos? ¿Qué tenemos que decirnos? 

Linde. Muchas cosas. 

Krog. No lo hubiera creído. 

Linde. Es que usted nunca me ha comprendido. 

Krog. No era difícil de comprender ; sucede todos los días : 
una mujer sin corazón abandona al hombre que la 
quiere cuando se presenta un partido más ventajoso. 

Linde. ¿Cree usted que no tengo corazón? ¿Cree usted que 
que no sufrí al romper? 

Krog. ¿De veras? 

Linde. ¿Lo creyó usted realmente, Krogstad? 

Krog. Si no hubiera sido así no me hubiese escrito como 
lo hizo. 



4 6 



Linde. 
Krog. 

LíNDE. 

Krog. 

Linde. 
Krog. 



Linde. 
Krog. 

Linde. 

Krog. 

Linde. 

Krog. 
Linde. 

Krog. 
Linde. 

Krog. 
Linde. 
Krog. 
Linde. 



Krog. 
Linde. 
Krog. 
Linde. 

Krog. 
Linde. 
Krog. 
Linde. 
Krog. 
Linde. 



No podía hacer otra cosa. Queriendo romper, tenía 
la obligación de arrancar de su corazón todo lo que 
usted sentía por mí. 

(Frotándose ¡as /nanos.) ¡ Ah ! ¡Así es! Y en el 
fondo no era mas que una cuestión de dinero... 
No debe usted olvidar que entonces tenía madre y 
dos hermanos pequeños que mantener. No podía- 
mos esperarle. Entonces usted no tenía mas que es- 
peranzas muy remotas. 

Sea ; pero no tenía usted derecho a rechazarme por 
otro. 

No lo sé. A veces lo he dudado. 

(Bajando la voz.) Cuando la perdí me pareció que 
el suelo me faltaba. Míreme usted : soy como un náu- 
frago que se aferra a un leño. 
El puerto de salvación tal vez no esté lejos. 
Estaba a la vista y vino usted a quitarme toda es- 
peranza de llegar a él. 

Fué sin saberlo yo, Krogstad. Sólo hoy supe que le 
iba a sustituir en el Banco. 

La creo porque me lo dice ; pero ahora que lo sabe, 
¿no renunciará usted? 
No ; no le serviría de nada. 
¡ Bah ! Sin embargo, yo en su lugar lo haría. 
Aprendí a obrar razonablemente. La vida y la dura 
necesidad me lo enseñaron. 

Y a mí la vida me enseñó a no fiarme de palabras. 

Y fué una buena lección. Pero ¿de los actos se fía 
usted? 

¿Qué quiere usted decir? 

Usted dijo que era un náufrago aferrado a un leño. 

Tengo excelentes razones para hablar así. 

También yo soy como un náufrago aferrado a un 

leño : nadie a quien consagrarme, nadie que tenga 

necesidad de mí. 

Usted lo quiso. 

No podía elegir. 

¿Qué quiere usted decir? 

¿Y si los dos náufragos se dieran la mano? ¿Qué 

piensa usted, Krogstad? 

¿Qué quiere usted decir? 

¿No es mejor reunidos en un mismo leño? 

¡ Cristina ! 

¿Qué razón cree usted que me conduce aquí? 

¿Ha pensado usted en mí? 

Necesito trabajar para soportar la existencia.- En 

todos los días de mi vida, en cuanto abarca mi re- 



47 



cuerdo, he trabajado. Es mi mayor y mi única ale 
gría. Ahora estoy sola en el mundo. Siento pn aban- 
dono, un vacío espantoso. No pensar mas que en sí 
mismo destruye el encanto del trabajo. Sí, Krogs-: 
tad ; encuéntreme por qué y para qué trabajar. 

Krog. No la creo ; sólo veo en ello un orgullo de mujer qué! 
se exalta y quiere sacrificarse. 

Linde. ¿Me conoció usted jamás con exaltaciones? 

Krog. ¿Padría usted hacer lo que dice? ¿Conoce usted to- 
do mi pasado? 

Linde. Sí. 

Krog. ¿Conoce usted mi reputación, lo que dicen de mí? 

Linde. Si no le entendí mal, usted dijo hace poco que yo 
hubiera podido salvarle. 

Krog. Estoy seguro. 

Linde. ¿No puede reconstruirse el pasado? 

Krog. ¡ Cristina ! ¿ Ha reflexionado usted sobre lo que di- 
ce? Sí, en sus ojos leo que sí. ¿Tendrá usted, pues, 
valor ? 

Linde. Necesito ser madre para alguien, y sus hijos necesi- 
tan una madre. Algo también nos impulsa a] uno 
junto al otro. Tengo fe en lo que hay en el fondo de 
su alma, Krogstad... Con usted no tendré miedo de 
nada. 

Krog. (Cogiéndole las manos.) Gracias, Cristina, gracias... 
Ahora se trata de reivindicarme a los ojos del mun- 
do y sabré hacerlo. ¡ Ah ! Pero olvidaba... 

Linde. (Escuchando.) ¡ Psit ! ¡La tarantela! ¡Salga usted! 
¡ Salga usted pronto ! 

Krog. ¿Por qué? 

Linde. ¿Oye usted esa música? Cuando acabe el baile ven- 
drán. 

Krog. Entonces me voy. Tanto más cuanto que todo esto 
ha sido inútil. Usted ignora mi paso contra los Hel- 
mer. 

Linde. Se equivoca usted, Krogstad, lo conozco. 

Krog. ¿Y tiene usted el valor de...? 

Linde. Sé a dónde puede llevar la desesperación a un hom- 
bre como usted... 

Krog. ¡Oh! ¡Si pudiera rehacer mi vida... ! 

Linde. Puede usted : su carta aun está en el buzón. . 

Krog. ¿Está usted segura? 

Linde. Lo sé; pero... • 

Krog. (Mirándola de frente.) ¿Esa es la explicación? Que- 
ría usted salvar a su amiga a todo trance. Más vale 
que io confiese usted francamente. ¿Es verdad? 

48 



folOG. 

Linde. 
Krcg. 



Linde. Oiga usted, Krogstad : el que se ha vendido una vez 
para, salvar á otro no vuelve a hacerlo. 

Krog. Voy a reclamar mi carta. 

Linde. No... 

Krog. Sí ; es sencillo. Espero la llegada de Helmer y le 
digo que quiero rehacer mi carta..., que no trata 
mas que de mi cesantía..., que no le importa nada 
su lectura. 

Linde, No, Krogstad. Usted no pedirá la carta. 
¡ Krog. Pero, hablando francamente, ¿no me hizo usted ve- 
nir para eso? 

Linde En el primer momento de alarma, sí. Pero han trans- 
currido veinticuatro horas y en ese tiempo he visto 
pasar aquí cosas increíbles. Es necesario que Hel- 
mer lo. sepa todo. Ese misterio fatal debe disiparse. 
Tienen que explicarse. Basta de tapujos y de en- 
redos. 

Bueno, si usted carga con la responsabilidad... Pero 
hay algo que puedo hacer y que haré en seguida. 
(Escuchando.) ¡A prisa! ¡Vayase!... Acabó el bai- 
le : ya no estarnos seguros. 
La espero abajo. 

Bueno. Me acompañará usted hasta mi casa. 
Nunca he sido tan dichoso como hoy. (Vase por la 
puerta de entrada. La del vestíbulo queda abierta 
hasta el fin del acto.) 

(Arregla un poco la habitación y prepara el abrigo y 
el sombrero.) ¡Qué porvenir! ¡Qué nueva perspec- 
tiva' Ya sé por quién trabajar, por quién vivir ; ya 
tendré un hogar que dirigir. ¡ Con qué afán traba- 
jaré !. (Escuchando.) ¡ Ah ! Ahí están. ¡Pronto, el 
abrigo ! (Coge el sombrero y el abrigo. Se oye la 
voz de Helmer y la de Nora; una llave gira y Hel- 
mer hace entrar a Nora casi por fuerza. Está ella en 
traje napolitano, envuelta en una especie de man- 
tón; él, con frac y un dominó negro encima.) 

Nora. (En la puerta, resistiendo.) No, no, no. No quiero 
entrar. Quiero subir otra vez, no quiero retirarme 
tan temprano. 

Helm. Vaya, querida Nora. 

Nora. Te lo suplico, Torvaldo, te lo suplico. Una hora na- 
da más. 

Helm. Ni un segundo, monísima Norita. Ya sabes lo tra- 
tado. Vaya, entra ; vas ? coger frío ahí fuera. (La 
hace entrar, a p>~sar de su resistencia. ) 

Linde. ¡ Buenas noches ! 

Nora. ¡ Cristina ! 



Krog. 

Linde. 

Krog. 
Linde. 
Krog. 

Linde. 



4Q 



Helm. ¡Cómo ! ¿La señora Linde? ¿Usted aquí, tan tarde? 

Linde. Perdóneme usted. ¡ Tenía tantos deseos de ver a No- 
ra con su lindo disfraz... ! 

Nora. ¿Me has esperado aquí mucho tiempo? 

Linde. Sí, vine desgraciadamente demasiado tarde. Tú ha- 
bías subido ya y no me quise marchar sin verte. 

Helm. (Quitando el mantón a Nora.) Pues mire usted. Me 
parece que vale la pena. Está hermosa, ¿no es ver- 
dad, señora Linde? 

Linde. De veras. 

Helm. Maravillosamente hermosa, ¿no es verdad? Igual 
opinaban todos. Pero ¡ qué testaruda es esta niñita 
mimada ! ¿Querrá usted creerme? Casi he tenido 
que obligarla por fuerza a abandonar el baile. 

Nora. ' ¡ Ah l ¡ Torvaldo, te arrepentirás de no haberme con- 
cedido ni siquiera media hora más ! 

Helm. Ya lo oye usted, señora. Ha bailado la tarantela ; 
ha tenido un éxito loco y merecido', aunque ha pues- 
to tal vez demasiada naturalidad, quiero decir, algo 
más de lo que exigían las reglas estrictas del arte ; 
pero, en fin, lo esencial es que ha tenido un éxito, 
un éxito colosal. ¿Debía dejarla allí después? Hu- 
biera perdido parte del efecto. ¡ Quia ! Cogí el brazo 
de la linda muchachita de Capri (de mi muchachita 
caprichosa, podría decir), la hice dar la vuelta al 
salón, saludos a derecha y a izquierda, y, como di- 
cen en las novelas, la sombra hermosa desapareció, j 
Hay que poner siempre algo de efectismo en el des- 
enlace, señora Linde, y esto es lo que no puedo ha- 
cer comprender a Nora. ¡ Uf ! ¡Qué calor hace 
aquí ! (Arroja el dominó en mía silla y abre la puer- 
ta de su habitación.) ¡Cómo! ¿No hay luz? ¡Ah! 
Es verdad. Con su permiso. (Entra y enciende las 
bujías. ) 

Nora. (En voz muy baja, precipitadamente. ) ¿Qué? 

. Linde. (En voz baja. ) Le he hablado. 

Nora. ¿Y qué? 

Linde. Nora... Hay que decírselo todo a tu marido. 

Nora. (Con voz agonizante. ) Ya lo sabía. 

Linde. No tienes nada que temer de Krogstad, pero debes 
hablarle. 

Nora. No le hablaré. 

Linde. La carta hablará por ti. 

Nora. Gracias, Cristina. Ya ?.é lo que debo hacer. ¡ Psit ! 

Helm. (Entrando.) ¿Y qué, señora, la ha admirado us- 
ted ya? 



ELM. 

Linde. 

Helm. 
Linde, 

Helm, 

Bel:: 



LlNDÍ 

Helm 



Linde 
Helm 

Linde 
Hfl\¡ 



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ÑORJ 

Heli 

Hel^ 

Nor¿ 
Hel; 






sor. 



Linde. Sí ; y ahora les deseo buenas noches. 

Helm. ¿Ya? ¿E¡s de usted esta labor? 

Linde. (Cogiendo la labor que le alarga el señor Helmer.) 
Gracias. Ya me olvidaba. 

Helm. ¿Hace usted punto de aguja? 

Linde. Sí. 

Kelm. Debía usted bordar. 

Linde. ¿De veras? ¿Por qué? 

Helm. Es más bonito. Mire usted : asi, con la mano iz- 
quierda, coge usted el bordado y maneja usted con 
la derecha la aguja, así. ¿Ve usted la curva que se 
forma, larga y ligera?... ¿Es verdad? 

Linde Es posible. 

Helm Mientras que hacer punto de aguja no puede ser 
más feo. Fíjese usted : los brazos pegados al cuer- 
po..., las agujas yendo de arriba abajo y de abajo 
arriba... ; hay algo de chino... ¡Qué champagne tan 
alegre nos han servido 1 ! 

Linde. Gracias, Nora, y no seas testaruda. 

Helm. Bien dicho, señora Linde. 

Linde. Buenas noches, señor director. 

Helm. (Acompañándola hasta la puerta.) Buenas noches. 
Buenas noches. Supongo que sabe usted el camino. 
Yo quisiera... ; pero está tan cerca... (Cuando se ha 
ido cierra la puerta y vuelve.) ¡Muy bien ! ¡Por fin 
se marchó ! Es muy pesada esta mujer. 

Nora. ¿Estás muy cansado, Torvaldo? 

Helm. No ; al contrario. 

Nora. ¿Tienes sueño? 

Helm. No; al revés, estoy desvelado. ¿Y tú? Parece que 
estás cansada y que tienes sueño. 

Nora. Sí, estoy muy cansada. Ahora estoy segura de que 
dormiré en seguida. 

Helm. Ya lo ves. Tenía razón no queriendo que permane- 
cieras más tiempo allí. 

Nora. Siempre tienes razón en todo lo que haces. 

Helm. (Besándola en la frente.) La alondra empieza a ha- 
blar como un ser humano. Pero, oye. ¿Te has fijado 
qué alegre estaba Rank esta noche? 

Nora. ¿De veras? No tuve ocasión de hablarle. 

Helm. También yo hablé muy poco ; pero hace mucho tiem- 
po que no le veía de tan buen humor. (La contem- 
pla un momento y después se acerca.) ¡Ah! ¡Qué 
delicioso es regresar al hogar, estar solo contigo.... 
hermosa y embriagador?, mujer !... 

Nora. No me mires así, Torvaldo. 



5 1 



Helm, 

Nora. 
Helm. 



Nora. 
Helm. 



Nora 
Helm 



Nora. 

Helm. 



Nora. 
Helm. 

Rank. 
Helm. 



RANK. 



ELM. 



j Cómo no voy a mirar a mi tesoro más preciado ! «rv 
¡ Esta belleza que es mía, sólo mía, toda mía ! 
(Colocándose al otro lado de la mesa.) No debes ha- 
blarme así esta noche. 

(Siguiéndola. ) Tienes aún la tarantela en la san- 
gre, por lo que veo, Y as! estás más seductora. 
¡Oye! Los invitados se van. (En voz más baja. )\ 
Nora, pronto, todo' callará en la casa. 
Así lo espero. 

¿No es verdad, arnada Nora? Cuando estamos en 
una reunión como esta noche, ¿sabes por qué te ha- 
blo tan poco, por qué estoy tan alejado de ti, con- 
tentándome con mirarte de vez en cuando de reojo? 
¿Sabes por qué? Porque me complazco en imaginar 



que eres mi amor secreto, mi joven, mi misteriosa 
prometida, y .<ue todos ignoran nuestro compromiso. 
Sí, sí, sí. Ya sé que todos tus pensamientos van 
a mí. 

Y al marcharnos, cuando echo el abrigo en tus hom- 
bros finos y juveniles, cuando cubro tu nuca mara- 
villosa, me figure que eres mi joven desposada, que 
acabamos de llegar de <a boda, que por primera vez 
té conduzco a mi casa y que por fin vamos a estar 
solos..., yo solo contigo, mi belleza juvenil y tem- 
blorosa. En toda la noche no hice mas que suspirar 
por ti. Cuando te vi en la tarantela perseguir y pro- 
vocar... sentí arder mi sangre, no podía contenerme 
y por eso te arrastré tan pronto... 
¡ Vete, Torva! do ! Debes dejarme. No quiero. 
¿Qué dices? ¿Te burlas de mí, querida Nora? ¿Di- 
ces que no quieres? ¿No soy tu marido? (Llaman 
a la puerta de entrada.) 
(Temblando.) ¿Has oído? 
(Pasando al vestíbulo. ) ¿Quién es? 
(Desde fuera.) Soy yo. ¿Puedo entrar un momento? 
(De mal humor.) ¿Qué quiere ése ahora? (En voz 
alta.) Espera. (Va a abrir.) Places bien en no pasar 
por delante de casa sin llamar. 

Me pareció oír tu voz y he querido entrar un mo- 
mento. (Echando utva mirada en torno suyo.) Este 
es el hogar tan querido, tan familiar. En él, felices, 
tenéis paz y bienestar. , 

Pues tú hace poco me parece que no te aburrías. 
Rank. Me divertía extraordinariamente. ¿Y por qué no? 
¿Por qué no gozar de todo? Al menos, tanto y pori 
tanto tiempo como se pueda. El vino era exquisito... ¡ 

^2 



Rank. 
Kcra- 

¡Iank 
¡Jora. 
Rank. 

Hel" 

Rank 

Nora 

Rank 
Helí 

Nora 
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Nora 
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Rani 

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Rank. 
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Rank. 

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Nora. 

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¡Nora. 
Rank. 
Nora. 
Rank. 

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Rank. 

Nora. 
Rank. 
Nora. 

Helm. 
Rank. 
Helm. 

Rank. 

Helm. 
Rank. 
Helm. 
Rank. 
Helm. 
Rank. 



Sobre todo, el champagne. 

¿Lo notaste también? E& increíble lo que he bebido. 
Torvaldo también bebió mucho champagne esta 
noche. 
¿De veras? 

Sí, y esto le hace ser muy divertido. 
¿Y per qué no pasar una velada agradable después 
de un día bien empleado? 

¿Bien empleado? Hoy, desgraciadamente, no me 
puedo* vanagloriar de esto. 

(Pegándole en la espalda. ) ¡ Pero yo sí me vana- 
glorio ! 

Doctor Rank, usted debe haber estudiado algún 
caso clínico hoy. 
Sí. 

¡ Hola ! ; Hola ! ¡ Nora la chiquitína hablando de 
casos clínicos ! 

¿Y se le puede felicitar por el resultado? 
Seguramente, sí. 
¿Un éxito? 

El mayor para el enfermo tanto como para el médi- 
co : la seguridad, 

(Vivamente , queriendo adivinar.) ¿La seguridad? 
La seguridad absoluta. ¿No tenía después derecho 
a unr velada alegre? 
Sin duda alguna, doctor. 

Esa es también mi opinión, con tal que mañana no 
te siente mal. 
Todo se paga en la vida. 

Doctor... A usted le deben gustar las máscaras... 
Sí, sobre todo cuando usan trajes grotescos. 
Oiga usted. ¿Qué traje llevaremos usted y yo 
cuando nos encontremos ]a vez próxima? 
¡ Locuela ! ¿Ya piensas en el próximo disfraz? 
¿Usted y yo? Voy a decirlo : usted, de mascota. 
Muy bien ; pero inventa un traje muy bonito de mas- 
cota. 

Que tu mujer se presente tal como la vemos todos 
los días. 

¡Muy bien ! Pero y tú ¿qué traje llevarás? 
Yo, querido amigo, ya lo he decidido. 
¿Cuál? ' .' ' 

En la próxima mascarada me presentaré invisible. 
¡ Qué bromista ! 
Hay un gran sombrero... ¿No oíste hablar de un 



Helm. 
Rank. 

Helm. 

Rank. 

Nora. 

Rank. 

Helm. 
Nora. 

Rank. 
Nora. 
Rank. 



Helm. 

Nora. 

Nora. 
Helm. 

Nora. 
Helm. 

Nora. 
Helm. 



Nora. 
Helm. 



Helm. 

Nora. 

Helm. 
Nora. 
Helm. 

Nora. 
Helm. 



sombrero que convierte en invisible? Se pone en ll 
cabeza y nadie nos ve. 
(Conteniendo la risa. ) Sí, sí, tienes razón. 
Pero olvido por completo a lo que vine. Helmer, 
dame un cigarro, uno de tus habanos maduros. 
Con el mayor placer. (Presentándole la caja.) 
(Cogiendo un cigarro y cortándole la punta.) Gra- 
cias. 

(Encendiendo un fósforo.) Permítame que le ofrez- 
ca fuego. 

Gracias. (Ella acerca el fósforo y él enciende el ha- 
bano. ) ¡ Y ahora, adiós ! 
Adiós, adiós, mi querido amigo. 
Que duerma usted bien, doctor Rank. 
Le doy las gracias por su buen deseo. 
Deséeme usted igual a mí. 

¿A usted? Bueno. Ya que usted lo desea, que duer- 
ma usted bien. Y gracias por el fuego. (Los saluda 
con una inclinación de cabeza y vase.) 
(En voz baja. ) Ha bebido de ¡o lindo. 
(Distraída.) Tal vez... (Helmer saca las llaves del 
bolsillo y va al vestíbulo. ) 
Torvaldo, ¿qué vas a hacer? 

Quiero vaciar el buzón. Debe estar lleno. No cabrían 
los periódicos mañana por la mañana. 
¿Quieres trabajar esta noche? 

Ya sabes que no. ¿Qué es esto? Han andado en la 
cerradura... 
¿En la cerradura? 

No hay duda. ¿Qué significa esto? No puedo creer 
que los criados... Hay un trozo de horquilla. Nora, 
es de una horquilla tuya. 
(Vivamente. ) Tal vez sean los niños... 
Debías quitarles esa costumbre. ¡ Vaya ! ¡ Bueno ! 
Por fin se abrió. (Saca lo que contiene el buzón y lla- 
ma. ) ¡ Elena !... ¡ Elena ! Apague la luz de la entra- 
da. (Entra y cierra la puerta del vestíbulo. ) 
(Con las cartas.) Mira cuántas hay. (Examina los 
sobres.) ¿Qué es esto? 

(Desde la ventana.) ¡Esta carta...! No, no, Tor- 
valdo. 

Dos tarjetas de visita... de Rank. 
¿Del doctor? 

(Mirándolas.) Rank, doctor en Medicina. Estaban 
sobre las cartas... Las habrá echado al salir. 
¿Y hay algo escrito? 
Una gran cruz encima del nombre. Mira. ¡ Qué bro- 

54 






ma más pesada ! Es como si comunicara su propia 
muerte. 

Nora, Eso hace ¿ealmente. 

Helm. ¿Cómo? ¿Qué sabes? ¿Te ha dicho algo? 

Nora. Sí. Las tarjetas significan que se despide de nosotros 
para siempre. Quiere encerrarse y morir. 

Helm. ¡ Pobre amigo mío ! Sabía que no le conservaría mu- 
cho tiempo. Pero no creí que fuera tan pronto. Va a 
ocultarse como animal herido. 

Nora. Si ha de suceder, más vale que suceda sin hablar una 
palabra. ¿No es verdad, Torvaldo? 

Helm. (Paseando por la habitación. ) Era casi de la familia. 
No puedo acostumbrarme a la idea de no verle. Con 
sus sufrimientos, con su misantropía, constituía un 
fondo de sombra en el cuadro lleno de sol de nuestra 
felicidad. ¿Quién sabe si será mejor, al menos para 
él? (Se calla.) Y tal vez para nosotros también, 
Nora. Ahora debemos consagrarnos exclusivamente 
el uno al otro, (La abraza. ) ¡ Ah ! ¡ Amada mía ! 
¡ Muiercita mía ! ¡ Nunca te abracé más fuertemen- 
te ! ¡ Nora, a veces quisiera verte amenazada por un 
peligro, para exponer mi vicia, dar mi sangre, 
arriesgarlo todo, todo para protegerte ! 

Nora. (Apartándose, con vos firme y resuelta.) Ahora lee 
las cartas, Torvaldo. 

Helm. No, no; esta noche, no... Quiero estar contigo, mi 
querida, mi querida mujercita. 

Nora. ¿Con la idea de la muerte de tu amigo? 

Helm. Tienes razón. Nos ha conmovido a los dos. Algo te- 
rrible se ha deslizado entre nosotros : la idea de la 
muerte y de la disolución. Debemos librarnos de 
ella. Y hasta entonces estaremos cada uno en nues- 
tra habitación. 

Nora. (Abrazándole. ) ¡Buenas noches, Torvaldo, buenas 
noches ! 

Helm. (Besándola en la frente.) Buenas noches, pajarillo 
cantor. Descansa, Nora. Voy a leer las cartas. (Pasa 
a su habitación, llevándose las cartas, y cierra la 
puerta. ) 

Nora. (A tientas, en torno suyo, con la mirada extraviada, 
coge el dominó de Helmer y se lo echa encima, di- 
ciendo con voz rápida, entrecortada y temblorosa. ) 
| No verle nunca más ! ¡ Nunca ! ¡ Nunca ! ; Nunca ! 
(Se pone el abrigo en la cabeza.) Y los niños, no 
verles más tampoco a ellos. ¡Oh ! El agua helada..., 
negra... Y ese abismo sin fondo..., sin fondo. ¡Ah ! 



/ 



HELM. 

Nora. 
Helm. 
Nora. 
Helm. 

Nora. 



N-ra. 
Helm. 
Nora. 
Kelm. 

NORA. 

Helm. 



Nora. 



Helm. 



Nora. 
Helm. 



Si ya hubiera sucedido. . . ! Ahora la coge, la lee! 

;d; no, aun no. Adiós, Torvaldo, adiós a ti y a los 
ios. (Se precipita a la puerta de entrada. En e| 

asmo momento Hehner abre violentamente la dé 
su habitación y se presenta con una carta abierta en 
¿a mano.) 
I Nora ! 

(Con un grito agudo.) ¡ A y ! 
¿Qué dices? ¿Sabes lo que dice esta carta? 
Sí, lo sé. ¡ Déjame partir ! ¡ Déjame ir ! 
(Reteniéndola. ) ¿Dónde vas? 

(Queriendo desprenderse. ) No me salvarás, Tor- ' 
váida. 

(Retrocediendo. ) ¡Era. verdad! ¿Decía verdad esta 
.arta? ¡Qué horror ! No, no. Es imposible. No pue- 
de ser. 

Es la verdad. Te amé más que a nada en el mundo. 
¡ Basta de tonterías ! 
(Dando un paso hacia él.) ¡Torvaldo! 
¡Desgraciada! ¿Qué te atreviste a hacer? 
Déjame ir. No llevarás el peso de mi culpa, no res- 
ponderás por mí. 

¡ Basta de comedia ! (Cierra la puerta del vestíbulo. ) 
Te quedarás y me darás cuenta de tus actos. ¿Com- 
prendes lo que has hecho? Di, ¿lo comprendes? 
(Le mira con ironía creciente en la expresión y dice 
con voz apagada.) Sí, ahora empiezo a comprender 
el fondo de las cosas. 

(Paseando nerviosamente por la habitación.) ¡Qué 
terrible despertar!... ¡ Ocho años !... ¡Ella, mi or- 
gullo, mi alegría, una hipócrita, una embustera... ; 
peor aún, una criminal! ¡ Qué. horrible fealdad hay 
en todo eso ! ¡ Qué horror ! (Nora, callada, continúa 
mirándole fijamente. Parándose delante de ella.) 
Debí prever que sjcedería algo de esto. Debí pre- 
sentirlo. Con la fragilidad de principios de tu pa- 
dre... Y tú heredaste esos principios. Sin religión, 
sin moral, sin ningún sentimiento del deber. ¡ Oh ! 
¡ Qué castigo sufro por haber querido correr un velo 
sobre su conducta ! Por ti lo hice, y he ahí mi re- 
compensa. 

Sí, he ahí tu recompensa. 

Ahora has destruido mi felicidad, has aniquilado mi 
porvenir. No puedo pensarlo sin estremecerme. Es- 
toy en poder de un hombre sin escrúpulos ; puede 
hacer de mí *o que quiera, pedirme lo que se *2 an- 

se 



«¡ora. 
Helm. 



toje, mandarme, manejarme a su capricho, sin que 
pueda desplegar ios labios. Puedo ser reducido a la 
nada, hundido por la ligereza de una mujer. 

BORA. Cuando haya dejado el mundo* serás libre. 

Helm. No. Nada de frases. Tu padre también tenía gran 
provisión de ellas. ¿De qué me serviría a mí que tú 
dejaras el mundo, como dices? De nada. A pesar de 
todo, podría él divulgar el hecho, y en este caso me 
creerían cómplice de tu acción criminal. Podrían creer 
que fui el instigador, que fui yo el que te obligó, 
Y todo esto te lo debo a ti, a ti, a quien he llevado 
en brazos a través de nuestra vida íntima. ¿Com- 
prendes ahora lo que has hecho? 

Nora. (Con calma y serenidad.) ¡Sí! 

Helm. Todo esto es tan increíble que no me sé dar cuenta. 
Pero es preciso reflexionar. ¡ Quítate el abrigo ! ¡ Te 
digo que te lo quites ! Necesito contentarle en una 
forma o en otra. Se trata de enterrar el asunto, 
cueste lo que cueste. Y en nuestro hogar no debe 
haber cambio sensible. No se trata, claro está, mas 
que ele las apariencias. Continuarás viviendo aquí, 
no hay duda. Pero no podrás educar a los niños..., 
no me atrevo a confiártelos. ¡ Ah ! ¡ Tener que ha- 
blar así a la que amé tanto y a la que amo ahora 
mismo !... Pero todo esto pasó. Es preciso olvidarlo. 
En adelante, ya no existe felicidad posible. Se trata 
únicamente de salvar los restos, los despojos, las 
apariencias... (Llaman a la puerta de entrada. Es- 
tremeciéndose.) ¿Quién será? ¿Tan tarde? ¡ Ho- 
rror! ¿Sería acaso...? ¿Habría él...? ¡Escóndete, 
Ncia ! Di que estás enferma. (Nora no se mueve. 
Ilelmer va a abrir la puerta. ) 

Criad. (Medio vestida, en el vestíbulo. ) Una carta para la 
señora. 

Helm. Démela usted. (Coge lo, carta y cierra la puerta.) 
Sí, es de él. No te la daré. Quiero leerla. 

Nora. Lee. 

Helm. (Acercándose a la lámpara.) Casi no me atrevo. Tal 
vez nos tenga cogidos al uno y al otro. No es nece- 
sario que lo sepa. (Abre vivamente la, carta, lee al- 
gunas líneas, examina un papel metido en el sobre 
y da un grito de alegría.) ¡Nora ! (Nora le pregun- 
ta con la mirada.) ¡Nora ! ¡No, volvamos a leerla ! 
Sí. eso es. ¡ Estoy salvado ! ¡ Nora, estoy salvado ! 

Nora. ¿Y yo? 

57 



Helm. Tú también, claro está. Estamos salvados los ¿ee. 
Mira. Te devuelve el recibo. Lamenta, dice se arre- 
piente... Un acontecimiento feliz que va a cambiar 
su existencia... ¡ Ah ! Poco importa lo que escribe. 
¡ Estamos salvados, Nora ! Nadie puede ya perjudi-l 
carte. ¡ Ah ! Nora, Nora... No, destruyamos antes 
todos esos horrores. Voy a ver. (Echo, una ojeada al 
recibo.) No, no quiero ver nada. Habrá sido una 
pesadilla ; eso es. (Rompe las dos cartas y el reci- 
bo, lo arroja iodo a la chimenea y mira cómo arden 
los papeles. ) \ Mira ! ¡ Todo ha desaparecido ! Te 
escribía que desde la víspera de Navidad tú... ¡Oh ! 
¡ Qué tres días de prueba debes haber pasado, Nora ! 

Nora. He sostenido una lucha violentísima en esos tres 
días. 

Helm. Y te desesperabas. No veías otra salida que... No, 
no nos acordaremos de todos esos horrores. Festeja- 
remos nuestra libertad, repitiendo sin cesar: se aca- 
bó, se acabó. Escúchame, pues, Nora. Me parece 
que no lo comprendes : se acabó. Pero ¿qué quiere 
decir esa seriedad ? ¡ Oh ! Mi pobrecita Nora, conv 
prendo... No crees que te he perdonado. Y, sin em- 
bargo, es verdad, Nora, te lo juro ; todo lo he per- 
donado. Ya sé que lo que hiciste lo hiciste por 
amor mío. 

Nora. Es verdad. 

Helm. Me amaste como una mujer debe amar a su marido. 
Solamente te equivocaste en la elección de medios. 
Pero ¿crees que voy a amarte menos porque no se- 
pas guiarte tú misma? No, no; apóyate en mí; en- 
contrarás ayuda y dirección. No sería hombre si no 
fueras doblemente seductora a mis ojos por tu de- 
bilidad de mujer. Olvida las duras palabras que te he 
dicho en los primeros momentos de terror, cuando 
creía que todo iba a hundirse conmigo. Te he perdo- 
nado, Nora ; te juro que te he perdonado. 

Nora. Gracias por tu perdón. (Vase por la puerta de la iz- 
quierda. ) 

Helm. No, quédate. (La sigue con los ojos.) ¿Por qué te 
diriges a la alcoba? 

Nora. (Desde su alcoba. ) Pnra quitarme este traje de 
máscara. 

Helm. (Cerca de la puerta, que ha. quedado entreabierta. ) 
Bueno, descansa ; procura calmar tu espíritu, repo- 
nerte del susto, pajarito miedoso. Descansa tran- 
quila ; yo te protegeré bajo mis amplias alas. (Pa- 



Keli 
Ñor 
Heli 

Ñor 

Hel 
Noí 

Bel 

fe 



Nora. 

Kelm. 
Nora. 
Helm. 

Nora. 

Helm. 

Nora. 

Helm. 
Nora. 



Helm. 
Nora. 

Helm. 
Nora. 



Helm. 
Nora. 



ssándose, sin alejarse de la puerta.) ¡Qué tranquilo 
y encantador es nuestro hogar, Nora ! Aquí estás 
segura. Te guardaré como paloma recogida, des- 
pués de haberla arrancado sana y salva de las ga- 
rras del milano. Sabré apaciguar tu pobre corazón 
que palpita. Poco a poco lo lograré ; créeme, Nora. 
Mañana lo verás todo de distinta manera. Todo vol- 
verá a ser como fué. No necesitaré repetirte cons- 
tantemente que te he perdonado. Tú misma lo com- 
prenderás sin vacilar. ¿Cómo puedes suponer que te 
rechace o te dirija reproches? No -sabes tú, Nora, lo 
que es, en verdad, el corazón del hombre, j Hay para 
el hombre tal necesidad, tal contentamiento en la 
conciencia cuando ha perdonado verdaderamente en 
el fondo del corazón... ! Es como una segunda pose- 
sión, como una creación nueva ; ik> se ve solamente 
a la mujer en el ser perdonado, se ve también al hijo. 
Así me aparecerás en lo futuro, pobre criaturita ex- 
traviada, sin brújula. No temas nada, Nora. Sé 
siempre sincera conmigo y yo seré a la vez voluntad 
y conciencia para ti. ¡Cómo! ¿No te has acostado 
todavía? ¿Has vuelto a vestirte? 
(Que se ha puesto el traje de diario.) Sí, Torvaldo ; 
he vuelto a vestirme. 
¿Por qué a estas horas? 
Esta noche no pienso dormir. 
Pero, querida Nora... 

(Mirando el reloj.) No es tarde todavía. Siéntate, 
Torvaldo ; tenemos que hablar. 
Nora, ¿qué significa esta seriedad?... 
Siéntate. La entrevista será larga. Aun tenemos mu- 
cho que decirnos. 

(Sentándose enfrente de ella.) Me asustas, Nora. 
No te comprendo. 
Es verdad. No me comprendes, y tampoco yo te ha- 



bía comprendido..., hasta esta noche. 



No me ínte- 
Se trata de 



rrumpas. Escucha lo que te digo. 

ajusfar cuentas. 

¿Qué pretendes? 

(Después de una pausa.) Ahora estamos frente a 

frente. ¿No te llama la atención una cosa? 

¿Qu¿ quieres decir? 

Hace ocho años que estamos casados. Reflexiona. 

¿No es la primera vez que los dos, tal como somos, 

marido y mujer, hablamos juntos seriamente? 

Seriamente, sí. ¿Qué quieres decir? 

Ocho años han pasado..., y más aún, contando des- 



59 



de nuestro primer encuentro, y jamás hemos soste-^ 
nido una conversación seria sobre un asunto graveJ 

Helm. ¿Debí acaso iniciarte en esas eternas preocupado-: 
nes que no hubieras podido desvanecer? 

Nora. No hablo de preocupaciones. Quiero decir que nun-' 
ca, sea por lo que fuere, hemos intentado ver jun-í 
tos el fondo de las cosas. 

Helm. Pero, querida Nora, ¿era ésa una ocupación para ti?j 

Nora. ¡Eso es! Nunca me has comprendido... Habéis sido< 
injustos conmigo, Torvaldo. Papá, primero ; des- 
pués, tú. 

Helm. Cómo? ¿Los dos? Pero ¿quién te amó como no¡H 
otros ? 

Nora. (Moviendo la cabeza.) Vosotros no me habéis ama- 
do nunca. Os ha parecido divertido estar en adora- 
ción ante mí. Eso es todo. 

Helm. Pero, Nora, ¿qué quiere decir ese lenguaje? 

Nora. Así es, Torvaldo. Cuando< estaba con papá me ex- 
ponía sus ideas, que yo compartía. Si pensaba otra 
cosa me lo callaba. Le hubiera disgustado. Me lla- 
maba su muñequita y jugaba conmigo como jugaba 
yo con mis muñecos. Después vine a tu casa... 

Helm. Hablas de nuestro matrimonio de un modo ex- 
traño. 

Nora. (En el mismo tono.) Quise decir que de las manos 
de papá pasé a las tuyas. Todo te lo arreglaste a 
gusto tuyo y yo lo compartía, o bien fingía compar- 
tirlo, no recuerdo ahora bien ; tai vez ni una cosa ni 
otra ; unas veces, una, y otras veces, otra. Mirando 
hacia atrás, me parece que he vivido como viven los 
pobres..., al día. He vivido de las piruetas que ha- 
cía por ti, Torvaldo. Pero esto te agradaba. Tú y 
papá sois muy culpables respecto de mí. Vosotros te- 
néis la culpa si no sirvo para nada. 

Helm. Eres absurda, Nora, absurda e ingrata. ¿No fuiste 
dichosa aquí? 

Nora. No. Creí serlo, pero nunca lo fui. 

Helm. ¡ Tú no has... tú no has sido dichosa ! 

Nora. No. Fui alegre, nada más. Eras muy cariñoso con- 
migo, pero nuestra casa no fué mas que salón de 
fiesta. Fui en tu hogar la mujer muñeca, como an- 
tes, en el hogar de papá, fui la niña muñeca. Y 
nuestros hijos fueron también muñecas para mí. Me 
parecía a mí divertido que tú jugaras conmigo, co- 
mo a ellos les parecía divertido que yo jugara cotí 
ellos. Así fué nuestra unión, Torvaldo. 

Helm. Hay algo de verdad en lo que dices, aunque exage- 

6o 



Nora. 

Eelm. 

Nora. 






añades demasiado. Pero en el porvenir todo 



ras y 

cambiará. Acabó la hora de recreo 

hora de la educación. 



empieza 



la 



¿Nora. ¿La educación? ¿Cuál? ¿La mía o la de los niños? 

Kelm. Una y otra, querida Nora. 

Nora. ¡ Bah ! No eres, Torvalclo, capaz ele educarme para 
convertirme en una esposa como es debido. 

íriELM. ¿Y tú dices eso? 

Nora. Igual que yo. Tampoco estoy preparada para edu- 
car a mis hijos... , 

Helm. ¡ Nora ! 

Nora. ¿No decías hace poco que era una labor que no te 
atrevías a confiarme? 

Helm. Lo dije en un momento de enojo. ¿Quieres ahora re- 
cordármelo? 

Nora. No, por Dios. Pero tenías razón. Es una labor su- 
perior a mis fuerzas. Hay otra que debo realizar an- 
tes. Quiero educarme a mí misma. Tú no puedes 
facilitarme este trabajo. Lo debo emprender sola. 
Por eso quiero dejarte. 

Helm. (Levantándose de un salto.) ¿Qué dices? 

\Nora. Necesito estar sola para darme cuenta de mí misma 
y ele todo lo que me rodea. Así no puedo quedarme 
a tu lado. 

Kelm. ¡Nora! ¡Nora! 

Nora. Voy a marcharme en seguida. Me refugiaré en casa 
de Cristina esta noche. 

Helm. ¡ Estás loca ! No tienes derecho a irte. Te lo prohibo. 

Nora. Ya no puedes prohibirme nada. Me llevo lo que es 
mío. De ti no quiero tener, nada, ni ahora ni nunca. 

Kelm. ¿Qué significa esta locura? 

Nora. Mañana partiré para rni casa ; quiero decir para mi 
país natal... Allí encontraré fácilmente un medio de 
vivir. 

Helm. ¡ Estás ciega, pobre ser sin experiencia ! 

Nora. Ya procuraré crearme la experiencia, Torvaldo. 

Helm. ¡Abandonar tu hogar, tu marido, tus hijos! ¿No 
piensas en lo que dirán? 

Nora. No puede detenerme eso. Sólo sé que para mí es in- 
dispensable. 

Kelm. ¡Oh! ¡Es irritante! Vas a traicionar los deberes 
más sagrados. 

Nora. ¿Que consideras tú como deberes más sagrados? 

[Helm. ¿Necesito decírtelo? ¿No son los deberes hacia tu 
' marido y tus hijos? 

Nora. Tengo otros tan sagrados como esos. 

Helm. No los tienes. ¿Cuáles? 



Helm. 



Nora. 

Helm. 
Nora. 



Nora. Los deberes conmigo misma. 
Helm. Ante tocio eres esposa y madre. 

Nora. No lo cree, yo asi. Ante todo soy ser humano, con] 
igual derecho que tú, o, por lo menos, debo inten-j 
tar serlo. Sé que la mayor parte de los hombres te 
darán la razón, Torvaldo, y que esas ideas andan; 
impresas en libros, Pero y© no he de guiarme pon 
lo que dicen los hombres ni por lo que imprimen eii 
los libros. Necesito yo misma formarme mis ideas 
y procurar darme exacta cuenta de todo. 
¿Qué? ¿No te das cuenta de tu sitio en el hogar? 
¿No tienes una guía infalible, la religión, para orien- 
tarte? 

¡ Ay, Torvaldo! ¿Y si te dijera que no sé exacta- 
mente lo que es la religión? 
¿No sabes lo que es? 

Respecto de ese particular no sé mas que lo que me 
dijo el pastor Hanser al prepararme para la confir- 
mación : la religión es esto, la religión es lo otro. 
Cuando esté sola y libre estudiaré esta cuestión 
como tantas otras. Veré si el pastor decía la verdad, 
o, por lo menos, si lo que decía era verdad con re- 
lación a mí. 

Helm. ¡ Parece increíble que esto lo diga una joven ! Pero 
si la religión no puede guiarte, deja al menos que 
sondee tu conciencia. Porque supongo que, por lo 
menos, posees sentido moral. ¿O tal vez careces de 
él? Contesta. 

Nora. Mira, Torvaldo, me es difícil contestar. No sé nada. 
No puedo entender nada de eso. Sólo sé una cosa: 
que mis ideas difieren completamente de las tuyas. 
Acabo de comprender que las leyes no son lo que 
yo creía ; pero lo que no me cabe en la cabeza es 
que esas leyes sean justas. ¡ Una mujer no tiene de- 
recho a evitar un disgusto a su anciano padre mo- 
ribundo, ni a salvar la vida de su marido ! Esto no 
puede hacerse. 

Helm. Hablas como un niño. No comprendes nada de la 
sociedad de que formas parte. 

Nora. No, no comprendo nada. Pero quiero averiguar quién 
tiene razón, si la sociedad o yo. 

Helm. Estás enferma, Nora ; tienes fiebre. Hasta llego a 
creer que lias perdido la razón. 

Nora. Me encuentro esta noche con más lucidez y más se- 
cundad en roí misma que nunca. 



Helm. 

Jora, 
L. 

RORA. 

Bel:: 
Nora. 
Hel\". 
Nora. 



un 

Nora 



Helm 

ORA 



Hel: 
Ñor; 



He; 



Belm. 

( Nora. 
Helm. 

Nora. 
Helm. 
Nora. 
Helm. 
Nora. 



Helm. 
Nora. 

Helm. 

Nora. 



Helm. 

Nora. 



Helm. 

Nora. 



Helm. 

Nora. 



Helm. 



Nora. 
Helm. 



¿Y con esta seguridad y esta lucidez abandonas a 
tu marido y a tus hijos? 
Sí. 

Esto no tiene mas que una explicación. 
¿Cuál? 

¿No me amas ya? 
Eso es ; ése es el secreto de todo. 
¡Nora! ¡Y me lo dices así!... 

Me da mucha pena, Torvaldo, porque siempre fuiste 
bueno para mí. Pero nada puedo hacer. Ya no te 
quiero. 

(Procurando dominarse. ) ¿De esto también estás 
absolutamente convencida? 

Absolutamente. Y por eso no quiero permanecer 
aquí. 

¿Y puedes explicarme cómo perdí tu amor? 
vSí. Fué esta noche cuando vi que no se realizaba el 
prodigio esperado. Entonces comprendí que no eras 
el hombre que imaginaba. 
Explícate. No te comprendo. 

Durante ocho años he esperado con paciencia. Ya 
sabía yo que los milagros no se realizan todos los 
días. Por fin llegó la hora de ai gustia. Entonces 
pensé con seguridad que iba a realzarse el milagro. 
Mientras la carta de Krogstad estuvo en el buzón 
no pensé ni por un momento que hubieras podido 
doblegarte a las exigencias de ese hombre. Creía 
firmemente que tú le dirías : «Vaya usted y publí- 
quelo todo.» Y al realizarse esto... 
¿Creíste que entregaría mi mujer a la vergüenza 
y al desprecio público?... 

Y cuando se hubiera realizado estaba completamen- 
te segura que ibas a presentarte a cargar con la 
responsabilidad y a decir: «Soy el culpable.» 
¡ Nora ! 

Vas a decir que no hubiera aceptado este sacrificio. 
Claro está. Pero ¿qué hubiera significado mi afir- 
mación enfrente de ia tuya? ; Sí I ¡ Ese era el mi- 
lagro que esperaba con terror ! Y para impedirlo 
quería morir. 

Con alegría, Nora, hubiera trabajado por ti noche 
y día. Todo lo kubiera sufrido' a gusto : disgustos y 
preocupaciones. Pero nadie ofrece el honor al ser 
que ama. 

Millares de mujeres lo han hecho. 
Piensas como un niño y hablas igual que piensas. 

63 



Nora. 



Helm. 



Nora. 
Helm. 
Nora. 

Helm. 



Helm. 
Nora. 

Helm. 

Nora. 



Helm. 
Nora. 

Helm. 

Nora. 



IEL11. 
5RA. 



Sea. Pero tú no piensas así y no hablas como el 
hombre al cual hubiera podido seguir. Una vez tran- ] f\ 
quilo, no sobre el peligro que corría yo, sino sobre 
el que pudieras correr tú mismo, lo olvidaste todo. 
Vuelvo a ser el pajarilla cantor, la muñeca que es- 
tabas dispuesto a llevar en brazos, como antes, con 
mayores precauciones, porque has tenido pruebas de 
su fragilidad. (Levantándose. ) Escucha, Torvaído. 
Desde aquel momento me parece que he vivido ocho 
años en esta casa con un extraño y que he tenido 
tres hijos... ¡ No quiero ni pensarlo ! ¡ De buena gana 
me destrozaría yo misma en mil pedazos ! 
(Con voz apagada.) Ya veo que, desgraciadamente, 
un abismo nos separa. • Pero díme, Nora, si hay 



algún medio de salvarlo. 



Íelm. 

¡ORA, 

Íelm. 
[ora. 

ÍELM. 

Tal como soy, no puedo ser tu mujer. I 0RA ' 

Tendré fuerza de voluntad para transformarte, P LM ' 

Tal vez..., si te quitan la muñeca. 
¡Separarnos!... ¡Separarme de ti! No, no, Nora; 
no puedo acostumbrarme a esa idea. 
(Dirigiéndose a la puerta de la izquierda.) Razón 
de más para acabar cuanto antes. (Sale y vuelve f 0RA ' 
con sombrero y abrigo y un saquito de mano, que 
coloca sobre una silla cerca de la mesa. ) 
Ahora no, Nora ; ahora no. Espera a mañana. 
(Poniéndose el abrigo.) No puedo pasar la noche 
en casa de una persona extraña. 
¿Y no podemos seguir viviendo juntos como her- 
mano y hermana? 

(Sujetcináose el sombrero. ) Demasiado' sabes que no 
podría durar mucho. (Echándose el chai sobre los 
hombros.) Adiós, Torvaído. No quiero ver a los 
niños. Sé que están en mejores manos que las mías. 
Tal como soy actualmente... no puedo ser para ellos 
una madre. 

Pero algún día..., Nora..., algún día... 
¿Qué quieres que te conteste? No sé lo que será 
de mí. 

Pero, suceda lo que suceda, siempre serás mi esposa. 
Oye, Torvaído : cuando una mujer abandona el do- 
micilio conyugal, como yo lo hago hoy, las leyes, 
'se<rún me han dicho, desligan al marido de todo de- 
ber para con ella. En todo caso, yo te doy plena 
libertad. No necesitas considerarte ligado, como tam- 
poco yo he de considerarme así. Libertad entera por 
ambas partes. Toma : tu anillo. Devuélveme el mío. 



íelm. 



Íelm, 
Iora. 

ÍELM 

Cora 

Helm 



Íelm. ¿También eso? 

íora. Sí. 

íelm. Toma. 

«Jora. Gracias. Ahora todo acabó. Dejo las llaves allí. Por 
lo que respecta al manejo de la casa, la criada lo 
sabe..., lo sabe mejor que yo. Mañana, después de 
mi marcha, Cristina vendrá a arreglar en una ma- 
leta todo lo que traje al venir aquí. Quiero que me 
lo envíen. 

•Íelm. ¡ Todo acabó ! ¿ No querrás nunca ya pensar en mí ? 

íora. Pensaré en ti con frecuencia, naturalmente, y en los 
niños y en la casa. 

Íelm. ¿Puedo escribirte, Nora? 

tfoRA. ¡ No 1 ¡ Nunca ! Te lo prohibo. 

íelm. Pero yo podré enviarte... 

Ȓora. Nada. Nada. 

íelm. Ayudarte, si lo necesitas. 

"Íora. No. Te digo que no. No acepto nada de una per~ 
sona extraña. 

íelm. Nora... ¿No seré para ti nunca mas que una per- 
sona extraña? 

•íora. (Cogiendo el maletín.) ¡Oh! Torvaldo, sería nece- 
sario para ello el mayor de los milagros... 

íelm. ¿Cuál? 

^íora. Sería necesario que los dos nos transformáramos en 
un grado tal... Pero, desgraciadamente, Torvaldo, 
ya no creo en los milagros. 

íelm. Pues yo sí quiero creer. Dílo. Debíamos transfor- 
marnos en un grado tal que... 

*tfoRA. Que nuestra unión fuese un matrimonio verdadero. 
Adiós. (Vase por la puerta de entrada.) 

ííelm. (Dejándose caer en una silla, cerca de la puerta, y 
cubriéndose el rostro con las manos. ) ¡ Nora ! ¡ No- 
ra ! (Levanta la frente y mira en torno suyo. ) ¡ Se 
\ha ido ! ¡ Se ha ido ! (Con esperanza naciente.) ¿El 
mayor de los milagros? (Se oye el ruido de la puerta 
de la casa, que se cierra.) 



TELÓN 






: 



JACINTO BENAVENTE 



El suicidio de Lucerito 



Estrenada en el teatro Alkázar, de Madrid, 
en la noche del 17 de julio de 1225. 



REPARTO 



MANOLITA Srta. Lledó. 

FERMINA — Fontana. 

ARCO IRIS — Pinedo. 

APOLINARIS , .... — Lajos. 

MARQUÉS Enrique Gandía. 

MONTOYA Eladio Cuevas. 



67 



ESCENA ÚNICA. 



La antealcoba de Lucerito Fernández, amueblada a gusto de todos, 
como toda la casa. 

MANOLITA, FERMINA y la ARCO IRIS, que 'entra disparada, 
cubiertr por un gran abrigo. 

ARCO IRIS 

Pero ¿cómo ha sido? Decidme. ¿Cómo ha sido? Vengo 
muerta. ¿Y esa pobre? ¿Üa muerto también? No, no> me lo 
digáis. ¿ Vive ? ¿ Se salvará ? ¡ Qué ' horror ! j Qué espanto ! 

MANOLITA 

Calla, calla. No quieras saber, no quieras' saber. 

FERMINA 

Yo no podía creerlo. ¿Dónde, cómo lo has sabido? 
ARCO iris 

Figuraos : en el teatro. Me lo dijeron al acabar mi número. 
Ya lo sabían todos. Yo noté que algo pasaba ; pregunté, pero 
no quisieron decirme nada. Es natural ; temían que con la 
impresión ino pudiera acabar mi número, como así hubiera 
sido. ¡ Con lo que es para mí Lucerito ! Todas lo sabéis : nos 
hemos criado juntas ; nuestras madres, como hermanas ; nos- 
otras, lo mismo ; íbamos a la misma academia ; debutamos 
la misma noche... Pero ¿por qué ha sido? Si yo la vi la últi- 
ma vez hará unas cuatro noches... ; eso' es, cuatro noches. 
¿No fué hace cuatro noches el estreno de Las descamisadas? 
Pues eso, en el estreno. Hablamos a la salida. Ella estaba..., 
bueno, con el otro. ¡ Ya sabía yo que eso no podía acabar 
bien. 

FERMINA 

Lo sabíamos todas. 

MANOLITA 

Si se lo tenemos pronosticado : «Que ese hombre va a ser 
tu perdición ; que tú no le conoces ; que tú estás 1 ciega ; que 
tú estás loca...» Pero no servía decirla nada. 

FERMINA 

Eso nos pasa a todas ; sólo que cuando les pasa a las 
otras lo vemos claro, y cuando le pasa a una no lo ve una 
aunque todos se lo digan a una. Es la condición de una ; 
pero, vamos, que yo nunca creí que llegara a esto. 

68 






AkCO IRIS 

¿Y qué ha tomado esa criatura? Dicen que sublimado. 

MANOLITA 

Doce pastillas. 

ARCO IRIS 

¡ Qué horror ! Yo que sólo me tomé seis de menta una 
vez para asustar a mi madre, que no me consentía las rela- 
ciones con Enrique, y tuve que ir a Cestona dos años. 
¿Qué dicen los médicos? Porque habrán acudido muchos 
médicos. Ella conocía a tres o cuatro de los mejores, que 
iban mucho* por el teatro. 

MANOLITA 

Sí. Ahí está el de la Casa de Socorro, que le avisaron 
en seguida ; el médico de ella, que le avisó ella misma, por 
teléfono, antes de tomarse las pastillas, y el doctor Morillo, 
que está siempre en el teatro. 

ARCO IRIS 

¿Y qué dicen? ¿Creen que habrá remedio? 

FERMINA 

No sabemos ; no han querido' decirnos nada ; nos han 
prohibido que entremos ; nos han echado de la alcoba. Ver- 
dad que a ésta en cuanto entró la dio un accidente, y a mí 
poco menos 1 . Es que era horrible verla retorcerse y oírla gri- 
tar : «¡Que me maten ! ¡Que me maten, por Dios !» 

ARCO IRIS 

¡ Qué espantp' ! Yo tampoco tendría valor para verla. 

FERMINA • 

Ahora no se la oye y me da mucho miedo ; tal vez esté 
acabando. 

MANOLITA 

Yo creo que no se salva. 

ARCO IRIS 

¡Doce pastillas! ¿Y ha sido por ese hombre? ¿Algún 
disgusto? 

MANOLITA 

Figúrate ; que se enteró ayer de todo. 

FERMINA 

Eüa que estaba tan contenta, tan creída de lo que le había 
dicho su hermana, y que el chiquillo era de Enrique ; como 

6Q - 



que ella iba a ser la madrina y se había gastado un dineral 
en la canastilla, y de pronto recibe un anónimo, que yo creo 
que se lo ha puesto su misma hermana... 

ARCO IRIS 

Seguro ; esa Emilia es capaz de todo. 

FERMINA 

Y se enteró de que el chico es de Adalberto, que estaba 
en relaciones con él casi desde el mismo día que su hermana. 
Es para matarlos a todos. 

ARCO IRIS 

Eso, sí ; pero no para querer matarse ella. Con lo rica- 
mente que podía estar coro el Marqués, que no molesta nada, 
que es una persona decente. ¿Qué más pudiera desear cual- 
quiera ? 

FERMINA 

Si es que todo lo que nos pasa a las mujeres nos está 
muy bien empleado. 

ARCO IRIS j 

Oye, ¿Y no * ia venido nadie mas que vosotras? 

MANOLITA 

Sí, hija ; figúrate. Estaba medio Madrid ; pero no lian 
dejado pasar mas que a los íntimos. El comedor está lleno 
de hombres ; a las mujeres las han echado a todas menos 
a nosotras.* Verdad es ( que cada una que venía era un espec- 
táculo. Pero ¿no te asas de calor con el abrigo puesto? Ésto 
está echando bombas. Han cargado la calefacción. 

ARCO IRIS 

Sí que hace calor ; pero el caso es que como me dieron 
la noticia así, tan de pronto, no hice mas que echarme el 
abrigo encima y tomar un coche, y ni me había desnudado, 
y no traigo' debajo más que un pijama del último cuplé de 
esta noche : «Los cigarrillos del amor.» 

MANOLITA 

Muy bonito por cierto. ¿De quién es la música? 

ARCO IRIS 

De un muchacho nuevo. Yo ya le he estrenado tres a cual 
más preciosos. 

FERMINA 

Pero quítate el abrigo mientras estamos solas, 

70 



ARCO IRIS 

Sí, que me sofoco ; pero avisarme si viene alguien, que 
no me vea así. ¡Qué vergüenza ! (Se quita el abrigo.) 

MANOLITA 

¡ Hija, qué bien estás ! 

FERMINA 

; Has adelgazado ! 

arco' iris 
i A ver ! ¡ Estoy a régimen ! 

MANOLITA 

Pues déjalo, ya que estás muy en punto ; ni te sobra ni 
te falta. > 

FERMINA 

Callad, que parece que llora. 

MANOLITA 

¡Ay ! ¡No me asustes ! Yo voy a ver si me dejan. 

ARCO IRIS 

No, calla. Si es la Apolinaris, que se pelea con Juanita 
Montoya. 

FERMINA 

Que no la dejarán entrar. Voy a ver. 

MANOLITA 

Pero, ¿tiene el valor de venir,- después de lo que hizo con 
esta pobre la última vez que estuvieron juntas en Maravillas? 

ARCO IRIS 

No, pues a mí que no< se me presente tampoco, que tam- 
foién tengo yo que arreglar una cuenta con ella ; que ésta se 
trae unos manejos con la Prensa... Y bueno está que cada 
una se bombee como pueda, pero sin meterse con las demás 
que no nos metemos con ella ; y íp que dijo de mí ese neutro 
de Arturito Sarabia fué porque ella le pagó como ella paga 
esas cosas : presentando amigas o amigos ; que ya sabemos 
lo que es su casa : un todo a sesenta y cinco. 

FERMINA 

Pues aquí la tienes ; pero ten prudencia. 

ARCO iris 
La que ella tenga ; pero que no me busque. (Entra la 
•Apolinaris hecha un mar de lágrimas.) 

7'i 



APOLINARIS 

Pero ¿es que no puedo verla? ¿Es que no me van a deja 
entrar? 



Cuí 

gallar 

el ridk 



en " 



MANOLITA 

Espera, mujer ; ahora sólo tienen que hacer allí los méd 
eos, si es que pueden hacer algo. , l¡¿ 

APOLINARIS 

Es que yo- no quiero que se vaya de este mundo si 
pedirla perdón ; que ella no sabe lo que yo la he queridc 
aunque ella no ha sido nunca para mí lo que yo he sido par, 
ella, y se haya creído de cuatro envidiosas que le han id 
diciendo que yo he dicho de ella lo que yo no he dichu 
nunca ; y si algo he dicho alguna vez no ha sido nunca coi 



has > 



que: 
si es 

i 
ahí í 



la intención que ella se ha creído ; que más de cuatro disgusj Luce 
tos he tenido* por defenderla cuando alguien, delante de mí 
hablaba de ella lo que os consta a vosotras que hablaba tod( 
el mundo ; y yo no quiero que se muera sin saberlo ; y si creí 1 
que la he ofendido en algo, que me perdone, que si no mi 
va a quedar un reconcomio para toda la vida y me costan 
una enfermedad, podéis creerme ; que todo el mundo se cre< 
que yo soy de una manera, y soy de otra muy distinta ; que 
a mí no me conoce nadie más que yo, y Dios, sabe lo que ye 
daría ahora por que no se muriera. Llevar hábito un año he 
ofrecido ahora mismo cuando venía ; el hábito más raro qut 
haya ; que se rían de mí al verme hecha una facha por esas 
calles. Todo será no salir de casa en un año ; pero que no se 
muera. ¡ Pobre Lucerito ! Que con todas sus cosas yo la he 
querido siempre. ¡ Ay ! Que ella no lo sabe, y yo quiero que 
lo sepa. ¡ Ay ! ¡ Ay ! ¡ Qué desgraciada soy ! ¡ Pero qué des 
graciada ! ¡ Que todo el mundo se cree que yo soy mala, y 
yo no soy mala, yo no soy mala ! ¡ Ay ! ¡ Ay ! ¡ Ay ! (Le da 
un accidente. ) 

FERMINA 

Esto nos faltaba. 

MANOLITA 

Pues los ataques de ésta son para rato. Que venga uno de, 
esos médicos. 

FERMINA 

Cualquiera los llama ahora. Te mandan a qualquier parte, 
y con razón. Bastante tienen que hacer allá adentro. Suje- 
tarla vosotras. Y éste parece de verdad. Así puede que se le 
pase antes. 

APOLINARIS 

j Ay, Lucerito de mi vida ! ¡ Ay, Lucerito de mi vida ! 

7* 



id 



ARCO IRIS 

Cualquiera que la oiga se creerá que estamos en una juer- 
ga flamenca. Esta Apolinaris hasta para sentir ha de hacer 
el ridículo. 



APOLINARIS 

(Levantándose de pronto.) Oye, tú, será más serio venir 
en pijama y con el colorete de escena. 

ARCO IRIS 

i Ay ! Es verdad, que estabas sin conocimiento. 

APOLINARIS 

Para conocerte a ti, con muy poco basta. Tú sí que no 

has sido nunca amiga de nadie, y tienes habladas pestes de 

?u| Lucerito en todas partes, como de mí y de todas. Creerás 

roí | que no lo sabemos ; que ahora puede que hayas venido a ver 

si es que de verdad se muere. 

ARCO IRIS 

A mí no me dices tú eso ; que más valía que miraras que 
ahí al lado está esa pobre moribunda ; que si no ya te diría yo. 

APOLINARIS 

¿Qué vas a decir tú? Si de ti, cuando alguna queremos 
calumniarte, sólo podemos decir que alguna vez has tenido 
un poco de vergüenza. 

ARCO IRIS 

Pero ¿te has propuesto que demos aquí el eseandalazo? 



: si 
"ido 
par 

; !d( 



MANOLITA 



¡ Vamos, mujer ! 



FERMINA 

Calla, tú, Apolinaris. Déjala, tú, Candelitas. Respetar a 
la que está ahí, y que puede que ya no esté en este mundo 
la pobre. 

MANOLITA 

¡Callarse! ¿Quién diréis que ha venido? 

ARCO IRIS 

¿Quién? 

FERMINA 

¡ Adalberto ! Pero ¡ vamos ! . . . ¡ Habrá valor ! . . . ¡ Callar- 
se ! (Se ponen todas a escuchar.) 

MANOLITA 

¿Oís? ¡Pues no está llorando!... Claro, no le dejan en* 

73 



trar. ¡ No faltaría más ! Si ella lo ve, sólo de la impresión 
acaba. ¡ Qué hombres ! . . . 



FERMINA ! a { 

Déjate de los hombres. Nosotras, nosotras, que tenemos!*^ 
la culpa de todo, por creernos de /ellos. Es decir, ' el caso ed 
que no nos creemos de ninguno ; pero para el caso como si 
nos creyéramos de todos. (Entra Montoya.) 



No, 



igra 
ente c 



! 



MANOLITA 

¿Qué ocurre? ¿Cómo está? 

FERMINA 

Em las últimas, ¿verdad? ¡Traes una cara... ! 

MANOLITA 

i snení; 
¿Ha concluido la pobre? . te !P¡ 

APOLINARIS 

No me lo digas. No, no es posible sin que yo la vea, in 
que yo la diga todo lo* que tengo que decirla. ¡ Déjame en- 
trar, déjame ! 



MONTOYA 

No os mováis de aquí, hacer el favor. Todavía no se han'? la te 
perdido las esperanzas. 

MANOLITA ¡Y) 

¡ Ay ! ¿De veras? 

FERMINA 

¿Qué dicen los médicos? ¿Qué crees tú? farquéf 

MONTOYA 

No dicen nada. No 

FERMINA 

Oye, tú, ¿ha venido ése? I ^ 

MONTOYA 

¿Quién? 

FERMINA 



¿Quién ha de ser? Adalberto, el que tiene la culpa de 
todo. 

MONTOYA 

Sí, ahí está. Y el Marqués también ha venido. 

MANOLITA 

¿Y se han visto? 

74 



¡Holi 

m 



MONTOYA 

No. Ya liemos tenido buen cuidado. Y eso es lo que ven- 

d a pediros, que entretengáis aquí al Marqués mientras 

nojchamos al otro. Voy a traérosle. 

FERMINA 

Descuida, que de aquí no sale. 

MONTOYA 

¡Qué jaleo! ¡Te digo que ni en un apartado! ¡Está la 
isa... ! Aquí, vosotras; en el comedor, los periodistas y los 
tógrafos, que ya querían largar el fogonazo. Les hemos 
cho que esperen siquiera a que acabe. En el gabinete, la 
inte del teatro. En la escalera, toda la vecindad haciendo 
>mentarios. Bueno*, aquí os traigo al Marqués. ¡Pobre hom- 
e ! Para mí que es el que más lo siente. 

MANOLITA 

¡ Como que estaba chiflado por ella ! 

FERMINA 

¡Y cuidado que esta Lucerito le ha hecho cosas ! ¡Lo que 
) la tengo predicado ! 

MANOLITA 

¡ Y yo y mi madre,, no se diga ! 

ARCO IRIS 

¿Dónde he dejado yo mi abrigo? Que no me vea así el 
[arques. 

MANOLITA 

No sabe una qué decirle. 

FERMINA 

Lo mejor es no decirle nada. 

APOLINARIS 

Eso; demasiado lo sabe todo. (Entra el Marqués.) 

MARQUÉS 

¡Hola, hijitas! ¿Qué tal? ¿Habéis visto?... 

MANOLITA 

No le decimos a usted nada. 

FERMINA 

¿Qué vamos a decirle a usted? Que ha sido un numerito* 

75 



MARQUES 

¡ Qué locura de muchacha, qué locura ! 

MANOLITA 

N ¡ Calle usted, calle usted ! 

MARQUÉS 

¡ Y lo que dirá la gente ! ¡ Qué de disgustos ! 

FERMINA 

De usted nadie puede decir la menor cosa. 

APOLINARIS 

Usted bien tranquilo puede estar, señor Marqués, I 
todo el mundo sabe en Madrid lo que ha sido usted para e 

FERMINA 

¡Y si ella hubiera sido otra... ! Es decir, otra puede j 
hubiéramos hecho lo mismo ; porque es que las mujeres 
mos como somos, no hay que darle vueltas. Tiene una 
bueno, y busca lo peor. 

MARQUÉS 

Es verdad, hijitas. Hay que tomaros así, o dejaros. 
veis esta desdichada. 

ARCO IRIS 

¡ Calle usted, calle usted ! ¡ Con la suerte de haber d 
con una persona como usted ! Yo se lo decía siempre. 



Ay! 



FERMINA 

Todas se lo decíamos. 

MANOLITA 

Todas. No hay otro como el Marqués. 

FERMINA 

Tú no sabes lo que tienes. 

ARCO IRIS 

Efs un caballero, le que se dice un caballero; que ni 
sabe lo que es eso.. 

MARQUÉS 

Gracias, hijitas, gracias. Me consoláis mucho. ¡ Para c 
desventurada, en cambio, qué poco he significado siemp 
De nada han servido mis sacrificios por elevarla, por e 
caria; Educarla, ésa es la palabra. 

76 



Del 
Sí, N. 

Se lia 



Tambi 

Sí, cti 
deseo, 



¿Qué ; 



* 



¡Hay 
¡medio 
nado, A 



MANOLITA 

Ella le ha querido a usted siempre. 

FERMINA 

|Eso sí ; pao ella usted siempre ha sido el primero. 

MARQUÉS 

Síy hijitas. El primero de una serie que parecía una racha. 

ARCO IRIS 

No tanto. La gente siempre abulta. ¡ Si fuese una a ha- 
caso... ! De todas dicen. 



raeí. 
ie< 



APOLINARIS 

¡Ay! ¡Ay! 



FERMINA 

¿Qué pasa? 



APOLINARIS 

No sé. Oigo la voz de Lucerito. 

FERMINA 

¿De Lucerito? ¿Habla? 

APOLINARIS 

Sí. No sé con quién se pelea. ¡ Qué cosas dice ! 

MANOLITA 

Se ha salvado entonces. 

APOLINARIS 

También oigo la voz de... Bueno, otra voz. 

MARQUÉS 

Sí, otra voz... Lo importante es que se salve; e$ lo que 
deseo. (Entra Montoya.) 

FERMINA 

¿Qué pasa? 

MANOLITA 

¿Qué sucede? ¿Qué nos dices? 

MONTOYA 

¡ Hay esperanzas, muchas esperanzas ! ¡ Ha reaccionado ! 
5 médicos dicen que tal vez las pastillas no fueran de su- 
nado. Ahora lo peligroso son los nervios. 



ciio n 
Y¡ 



FERMINA 

No, ios. nervios, no. Si no es mas que eso... 

MANOLITA 

¿Podemos entrar? 

MONTO YA 

No, todavía no. Luego. Ya os avisaremos cuando entr 
ios fotógrafos. Queremos sacar un grupo. Entretened 
Marqués, sobre todo. 

FERMINA 

j Pobre ! ¡ Si es más bueno... ! 

ARCO IRIS 

¡ Ay ! ; Qué alegría ! ¡ Se ha salvado, se ha salvado I 

APOLINARIS 

Yo nunca creí que se muriera. 

ARCO IRIS 

Tú lo sabes todo ; no sé por qué. 

APOLINARIS 

No hablaba contigo-. 

MANOLITA 

¿Hablabas con nosotras? Pues tampoco te «llevamos 
apunte», como dicen en Buenos Aires. ; Si creerás que to 
ha sido fingido ! 

APOLINARIS 

Todo, no. El reclamo ha sido verdad ; la cuestión es c 
hablen los periódicos. 

MANOLITA 

Como que ella necesita reclamos. 

APOLINARIS 

A todas nos conviene refrescar el cartel de cuando 
cuando. Unas se casan para divorciarse a los dos días ; 
dan que hablar dos veces. Otras dicen que se retiran, y vi 
ven. Otras dicen que van a entrar en un convento... 

FERMINA 

Y otras se mueren de envidia cada vez que oyen hat 
de las demás, como si de ellas no se hubiera hablado b fes 



Es 

Fen t 



No, 
Ya er 



Ar 

¡úU 



ct 

no... 

negar 
dios, 



tante. 

78 



1 y 

ié 

Silgo; 

si 

cer? 



APOLINARIS 

De mí se hablará como artista ; pero mujer que haya h<> 
f:ho menos pamemas fuera de las tablas... (Entra Mofiíoya.) 

MONTOYA 

Ya podéis venir para el grupo. (A la Arco Iris.) Tú, 
:omo estabas antes, en pijama. 

ARCO IRIS 

¡ Qué disparate ! ¡ En pijama voy yo a retratarme ! 

MONTOYA 

E,s una nota original y muy expresiva. (A ¡a Apolinaris. ) 
Ven tú también. 

APOLINARIS 

No, a mí dejarme. Yo me quedo acompañando al Marqués. 
Ya entraré cuando no esté aquí la Prensa. Yo no he venido 
p.quí por cartel. 

arco IRIS 
Ni falta que hacía que hubieras venido. 

MANOLITA 

Anda. Déjala, que ésta siempre será la misma. (Quedan 
solos la Apolinaris y el Marqués.) 

APOLINARIS 

¿Qué le parece a usted? j Si fuera una a tomarlo en se- 
rio... ! ¡ La tragedia del suicidio! ¡Qué risa! Porque no me 
negará usted que esto del suicidio no admite términos me- 
5 1dios. 

MARQUÉS 

Sí que nos vamos a poner todos en ridículo. ¡Qué mucha- 
cha esta ! ¡Está tan mal aconsejada... ! 

APOLINARIS 

Pero ¿está usted muy enamorado? 

MARQUÉS 

¡ Qué sé yo, hijita ; qué sabe uno ! No puedo pasar sin 

ella, ésa es la verdad. Sé que me engaña, que se burla con- 

^migo; «é que me pone en ridículo. Quiero dejarla, estoy dos 

jjdías sin verla, y ni como, ni duermo, ni vivo. ¿Qiíé voy a 

hacer ? 

79 



APOLINAR1S 

Tiene usted razón. Y si el cariño- no se conoce en eso... 
¿Usted se queda, Marqués? 

MARQUÉS 

Sí, esperaré a que se vayan todos. Ya que he venido, quie- 
ro verla. 

APOLINARIS 

Pues yo ya no tengo nada que hacer. Si hubiera $$o ver- 
dad no hubiera querido dejar de despedirme ; pero así no 
vale la pena. Que usted siga bien. Buenas noches. 

MARQUÉS 

Anda con Dios, hijita. (Sale Apolinaris. Suena un fogo- 
nazo, luego otro. El Marqués enciende un cigarro y espera.) 



TELÓN 



NÚMEROS PUBLICADOS DE "COMEDIAS"? 

I Núm. I, Jtomto Benavente: Nadie sabe lo que quiere, o el bai- ' 
I larín y el trabajador.— E. García Alvarez y J. Abatí: Clara Luna — 
Núm. II. Q. Martínez Sierra y Honorio Maura: Susana tiene un I 
*ecr«to.— C. Arnietiea y Antonio Paso: ¡Qué encanto de mujer!— 
Núm. III. Alejandro Pérez Lugín y Manuel Linares Rivas: Curri- «p 
to de la Cruz— Eduardo Marquina: El pavo real.— Núm. IV. Pe- |( 
dro Muñoz Seca y P. Pérez Fernández: Los campan Uleros.— Luis 
Gabaldón y E. Gutiérrez Roig: Poderoso caballedo...— Núm. V. 
Carlos Armones: La cruz de Pepita.— Augusto Martínez Olmedilla: 
1 La mano de Alicia. — Núm VI. S. y J. Alvarez Quintero: La con- ' 
sulesa— F. Romero y G. Fernández Shaw: La sombra del Pilar — 
Núm. VIL G. Martínez Sierra: Mujer— E. García Alvarez y Fer- 
nando Luque: Calixta, la prestamista— Núm. VIH Eduardo Mar- i 
quina: Una noche en Veneaia. — Jacinto Benavente: De cerca.— i 
Núm. IX. Manuel Linarez Rivas: La jaula de la leona.— Francisco , 
Serrano Anguita: La simpatía— Núm. X. Pedro Muñoz Seca: La ( 
señorita Angeles. — Antonio Paso y Ricardo González del Toro: 
Soltero y soilo en la vida. — Núm. XI. A. Torres del Álamo y An- 
tonio Asenjo: Lorenza, la seria.— G. Martínez Sierra y Honorio 
Maura: Mary, la insoportable— Núm. XII. Jacinto Benavente: La i 
fuerza bruta.— Luis Chiarellh La máscara y el rostro.— Núm. XIII. i 
S. y J. Alvarez Quintero: Mundo, mundillo...— Pedro Mata: En la 
boca del lobo.— Núm. XIV. Muñoz Seca y Pérez Fernández: La 
tela.— Los chatos.— Núm. XV. Emilio G. del Castillo y Luis M. 
Román: La calesera. — Jacinto Benavente: El amor asusta. — 
Núm. XVI. G. Martínez Sierra: Sueño de una noche de agosto 
Osear Wilde: Salomé .—Núm. XVII. Sutton Vane: El viaje infini- 
to.— A. Torres del Álamo y A. Asenjo: Roaío, la canastera— lí 
Núm. XVIII. Alberto Insúa: La madrileña.— S. y J. Alvarez Quin- 
i tero: Fortunato.— Núm. XIX. José María Granada: Soleá .— An» i 
i tonio Paso (hijo) y Francisco Loygorri: Las mujeres de Lacuesta. ¡ 
i Núm. XX. Miguel de Una muño: Todo un hombre.— Jacinto Be- , 
i navente: Modas.— Núm. XXI. Stear Gipsy: El perfume del pe- 
, cado— Francisco Serrano Anguita: El aire de Madrid— Núm. XXII. . 

Gregorio Martínez Sierra: Esperanza nuestra.— Jacinto Benaven- 
1 te: El marido de la Téllez.— Núm. XXIII. Muñoz Seca y Pérez f 



Fernández: El sonámbulo— Gabriel D'Annunzio: 

condida— Núm. XXIV. Manuel Linares Rivas: Almas brujas.— 

E. García Alvarez y F. Luque: La caravana de Ambrosio.— 

¡Núm. XXV. J. López Núflez: El niño de las monjas— J. Juan 
Cadenas: El señor cura y ios" ricos.— Núm. XXVI. Pío Baroja: 
ji Arlequín, mancebo de botica. — El mayorazgo de Labraz. — Núme- 
l':Ro XXVII. P. Muñoz Seca y J. López Núñez: El rayo— Jacinto 
¡ Benavente: El marido de su viuda.— Núm XXVIII. J. y S. Alva i 
réz Quintero: Zaragatas— A. F. Lepína y J. F. Escobar: La rubia i 
del expreso.— Núm. XXIX. J. Benavente: La losa de los sueños, i 
1 Asenjo y Torres del Álamo: Paikwnai (da Posir/mera».— Núm. XXX. , 

P. Muñoz Seca: La hondadl. — G. del Castillo y C. Patencia: La 
j joven Turquía. — Núm. XXXI. Arnlches, Paso y Estremera: Los l-, 

ícelos me están matando. — José María Granada: Te portas como ti 

ii 
I quiein eres. 




EDITORIAL 

SIGLO XX